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Reflexiones de una investigadora

El peligro de no investigar en educación es una condena al atraso

En comparación con otros países del mundo, Guatemala tiene muy pocos científicos (Unesco, 2017).  Asimismo, de los pocos guatemaltecos que realizan investigaciones científicas en Guatemala, hay muchos menos que investigan en el área de educación.  Yo soy una de las pocas que tiene el invaluable privilegio de haberme formado en investigación educativa y dedicarme a ella a tiempo completo. Me atrevo a decir que conozco personalmente a todos los investigadores educativos del país.  Así de reducido es el número. 

Además de haber muy pocos investigadores educativos en Guatemala, es difícil reclutar nuevos.  Cada vez que inicio un curso universitario, pregunto a mis estudiantes de postgrado: ¿Por qué estudian una maestría o doctorado en educación? Y, tristemente nunca algún estudiante me ha respondido que la razón sea el deseo de convertirse en investigador educativo.  En su mayoría, las razones para estudiar una maestría o doctorado que he escuchado se refieren a mejores oportunidades laborales o un deseo altruista de mejorar su práctica docente.  Aunque las anteriores razones son completamente válidas y las aplaudo, no deja de ser preocupante el desinterés de los nuevos profesionales por investigar.  Mis cursos son considerados difíciles para los estudiantes porque, a pesar de ser cursos de postgrado, pocos de ellos han leído, participado o realizado investigaciones rigurosas durante su trayectoria académica. 

Es que, las universidades guatemaltecas carecen de un sistema que propicia que los estudiantes investiguen desde el pregrado hasta un doctorado. La primera limitante es el acceso a revistas académicas actualizadas.  Aunque un par de universidades han hecho esfuerzos por superar esta barrera, no todas proveen el servicio para acceder artículos recientes.  Esto deja a los estudiantes con la alternativa de buscar artículos de libre acceso en la internet, los cuales son mínimos o desactualizados.  Por otro lado, las publicaciones académicas recientes se escriben, en su mayoría, en inglés, agregando una dificultad para leer investigación en Guatemala.

La segunda limitante es la falta de acompañamiento para que los estudiantes de educación investiguen durante su programa universitario.  Muy frecuentemente, la tesis es la única oportunidad de investigar y de escribir artículos académicos que tienen los estudiantes durante su programa de estudios. Y, lamentablemente los protocolos estrictos para proponer investigaciones de las universidades encasillan a los estudiantes y sus asesores en el formato del documento, perdiendo así la oportunidad de ser vista como una forma de generar nuevo conocimiento científico. 

A pesar de contar con tan pocos investigadores, en Guatemala se produce investigación educativa.  El Ministerio de Educación de Guatemala a través de DIGEDUCA, organismos internacionales y centros de investigaciones educativas de universidades son algunos que producen investigación importante para informar la práctica educativa y la política pública. Sin embargo, la investigación producida en Guatemala aún es limitada y hace falta trabajo no solo para publicar más investigaciones sino también para facilitar su acceso y comprensión y así lograr que esta incida en la práctica educativa.

Y es que, para que una investigación incida en la política pública y en la práctica educativa, deben cumplirse los siguientes requisitos según Baker y Linn (2004): 1) los resultados se reportan de forma precisa, 2) los resultados se interpretan en forma válida, 3) los interesados comprenden los resultados y tienen interés de usarlos, 4) existen alternativas para mejorar la situación educativa, 5) los educadores están dispuestos a actuar y tienen capacidad para implementar una intervención y 6) las acciones implementadas provocan una mejora en los aprendizajes de los estudiantes (Baker & Linn, 2004).  Como se puede ver en las sugerencias de Baker y Linn (2004), la incidencia de la investigación educativa es una cuestión de dos vías.  Por un lado, la posibilidad de generar nuevas investigaciones en el país, y por el otro, el interés en ellas y la capacidad de usarlas. 

El propósito de este post es tratar de romper el círculo vicioso entre la limitada investigación educativa nacional y el interés de la comunidad educativa en basar sus prácticas en evidencias actualizadas y de preferencia producidas en el país. A pesar de que en Guatemala se están produciendo investigaciones constantemente por algunos investigadores, hay que reconocer qué nos hace falta para facilitar la comprensión de los resultados y generar un interés por ellas.  Sin embargo, también hace falta que la comunidad educativa reflexione constantemente en sus prácticas educativas de forma crítica y se convenza de que siempre se puede mejorar. Y, lo más importante que las propuestas para mejorar se basen evidencias científicas que las sustenten.  De lo contrario, la educación de Guatemala estará condenada al atraso, a errores, a prácticas arcaicas y a decisiones incorrectas, a pesar de las buenas intenciones y la labor altruista de todos los educadores.

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Reflexiones de una mamá maestra

¿Cuándo se volvió tan difícil contar casos?

Vivo en Guatemala.  Hoy día, 28 de junio de 2020, se reportan 16,930 casos totales de COVID-19 en el país, de los cuales 13,049 son casos activos, 3,152 son casos recuperados y 727 son casos fallecidos.  Dos de los casos fallecidos, son personas que murieron por causas ajenas al COVID-19 pero que habían tenido la enfermedad. Sin embargo, en las últimas semanas las redes sociales han evidenciado desfases en el conteo reportado por las autoridades de salud del país.  Por ejemplo, el 15 de junio varios usuarios de twitter demandaban explicación por 50 casos que no cuadraban entre varios reportes oficiales.  De igual forma, el 26 de junio hubo controversia por 800 casos del conteo que no pertenecían al conteo de ese día.   La confusión en el reporte de los datos ha provocado incredulidad en las cifras “oficiales” de contagio de la enfermedad.   En Facebook he leído denuncias de casos que no son reportados por los laboratorios privados a las autoridades de salud y por tanto no contabilizados en los datos oficiales.

Contar elementos en un conjunto es una de las habilidades numéricas más básicas. Sin embargo, si consideramos la controversia por el conteo de los datos recientemente en Guatemala, pareciera que contar es la tarea más difícil a la que se han enfrentado algunos en esta crisis. Puede ser que la causa de los datos imprecisos sean una decisión mal intencionada de alguna o algunas personas, como se afirma en las redes sociales.  Pero, tomando como referencia los indicadores educativos de matemática de Guatemala, yo tengo la hipótesis que la deficiencia en la habilidad para contar está altamente relacionada con la educación preescolar. Además, tengo la hipótesis que arrastramos las deficiencias en habilidad numérica, incluso, hasta enfrentarnos con la tarea de crear tablas de datos para generar estadísticas descriptivas, entre otros análisis.

La habilidad de asociar una cantidad con un número, así como la habilidad de subitización están entre las habilidades más importantes, que, según la literatura, se deben aprender en la educación preescolar.  La habilidad para subitizar es la capacidad que tienen las personas para reconocer cantidades pequeñas a golpe de vista y sin necesidad de contar.   Un ejemplo en el que utilizamos esta habilidad es cuando jugamos dominó.  Por lo general no tenemos que contar cada elemento de la ficha para saber que es un 6 o un 4, lo hacemos a golpe de vista. Esta habilidad introduce la idea de cardinalidad en los niños entre 3 y 6 años.  La cardinalidad de un conjunto finito es simplemente el número de sus elementos.  Sin embargo, desde la enseñanza en preprimaria a la creación de a tabla de casos de COVID-19 en el país, la dificultad está en la definición de las características de los elementos de cada conjunto.  

Tomaré como ejemplo, dos páginas del libro de texto de mi hijo de 4 años. Ahora que llevo más de 100 días de mamá maestra, he tenido oportunidad de conocer los textos de mis hijos a profundidad. La primera página que mostraré es una típica de casi el 40% del libro y muestra el enfoque tradicional de preprimaria para desarrollar el concepto de cantidad y número.  Es decir, aquellas páginas en las que los niños deben asociar el número-numeral utilizando imágenes creativas y llamativas. O bien, aquellas que promueven actividades grafo motoras, artísticas o de percepción de las diferencias entre elementos. En el libro de texto de mi hijo de 4 años hay exactamente 3 páginas de 119 en total donde mi hijo debe contar elementos con imágenes, preciosas pero confusas, y ninguna donde se practica la subitización.  En el mismo texto, hay 25 páginas con planas de los números del 1 al 20.

Por otro lado, cuando se trata de pertenencia a un conjunto, los libros de texto presentan imágenes que combinan muchas características cuestionables sobre los elementos de un conjunto.  En la segunda imagen, tomada del mismo libro de texto, mi hijo debe inferir en el primer conjunto que los crayones son útiles escolares y la pelota no. En el segundo que el carro y el bus son transportes y la flor no y pintar el elemento que no pertenece.  Pero, bien pudiera un niño clasificar todos los elementos como juguetes, en cuyo caso no habría ningún elemento fuera de lugar. Dicho de otra forma, cualquiera sea la interpretación de las imágenes, el conteo será diferente.

A close up of text on a whiteboard

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Cuando este mismo concepto se transfiere a datos para elaborar estadísticas o modelos matemáticos, el problema es el mismo. Definir quién pertenece al conjunto de los contagiados y al de los recuperados es el asunto. De la pertenencia o asignación de variables dependerá el conteo.   Por tanto, la transparencia para reportar los protocolos para contar o no en cada una de las clasificaciones, la hora cierre de conteo, entre otros aumentarían la confiabilidad y validez de los datos que se reportan y contar no se percibiría tan difícil.

En conclusión, aunque he planteado la problemática del conteo de casos del COVID-19 como una consecuencia dramática de los comienzos deficientes de los guatemaltecos en matemática, la moraleja de la historia es que es urgente que las preprimarias empiecen a enseñar habilidad numérica con metodologías basadas en evidencia y no en la falsa idea que el propósito de la preprimaria es que el niño “juegue o se entretenga”.   Sino en una etapa crítica para sentar las bases de competencias básicas para la vida, como lo son la competencia numérica, la lectura y la escritura.  Es cierto, también que en la preprimaria se desarrollan los hábitos de convivencia social, el gusto por el arte, la motricidad entre otros.   Pero, descuidar aspectos importantes como el descrito en este artículo en cuanto a las bases matemáticas por priorizar actividades de motricidad o arte, puede luego resultar no solo en bajos niveles de desempeño en las competencias, sino también en menor calidad de vida para los ciudadanos.  No es noticia nueva que los ciudadanos con menos competencias en el país son los más vulnerables. En tiempos de crisis como la de ahora, esta relación no podría ser más evidente.

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Reflexiones de una mamá maestra

Papás invocando a Sócrates

En el último artículo que escribí, argumentaba sobre la capacidad que, como consecuencia de la pandemia, tenemos ahora los padres de familia para observar las clases de los docentes.   Asimismo, ahora tenemos la capacidad de monitorear y verificar, en nuestro rol de padres docentes, el aprendizaje de nuestros hijos. 

Al final del artículo, lancé un par de preguntas abiertas donde indagaba sobre los métodos que los padres y docentes utilizan actualmente para verificar que los niños estén aprendiendo desde sus casas.  En las últimas dos semanas he recibido respuestas de treinta y tres personas.  Entre las personas que respondieron, 90% son padres que están fungiendo como docentes de sus hijos actualmente. De ellos, 33% también son docentes que están enseñando virtualmente a sus estudiantes.  

Las respuestas fueron fascinantes de leer. Hubo un par de padres que respondieron que no sabían si sus hijos estaban aprendiendo; ellos simplemente confiaban en la calificación de la maestra.  Otros padres respondieron que asumían que había aprendizaje si sus hijos completaban sus tareas; aún más si las completaban sin ayuda.  Sin embargo, la mayoría de los padres y docentes respondieron que utilizaban alguna forma de cuestionamiento (preguntas y respuestas) para verificar que sus hijos o alumnos están aprendiendo. “Les hago preguntas relacionadas con los temas que están aprendiendo” y “realizo preguntas cuando me entregan los trabajos finalizados”, fueron algunas de sus respuestas.

La evidencia ha mostrado que, después de las clases magistrales, las preguntas, son el método más utilizado por los docentes para enseñar (Cotton, 1988).  A pesar de la frecuencia de uso, la destreza de preguntar es un arte. Aquellos docentes que llegan a dominar el arte de las preguntas y respuestas en el aula logran los mejores aprendizajes de sus alumnos (Arslan, 2006).  

Los psicometristas, incluyéndome, pasamos la vida estudiando a profundidad las preguntas de las pruebas, así como las respuestas que los estudiantes dan a cada una.  Creamos modelos matemáticos para argumentar que una persona tiene cierta habilidad o rasgo basándonos en el baile entre las preguntas que lanzamos y las respuestas que obtenemos.  Así que, saber que los padres están en la misma pista de baile que los docentes fue emocionante. A la vez, en mi rol de madre, docente y psicometrista sentí la responsabilidad de dar algunas recomendaciones para que los padres incursionemos en el arte socrático de cuestionar a nuestros hijos cada vez mejor.

Preguntas de bajo y alto nivel cognitivo

Existen diferentes tipos de preguntas.  Las diferencias están en el nivel cognitivo que requiere de los estudiantes para responderlas.  Las preguntas de bajo nivel cognitivo son aquellas que únicamente demandan que los estudiantes recuerden información para producir la respuesta.  Por ejemplo: ¿En cuántos departamentos está dividida la república de Guatemala? Se sabe que los docentes realizan este tipo de preguntas al menos 60% de las veces durante sus clases (Cotton, 1988).  Las preguntas de alto nivel cognitivo son aquellas que invitan a los estudiantes a usar la información que adquirieron previamente para producir o argumentar la respuesta.  Por ejemplo: ¿En qué basas esa opinión? o ¿En cuáles casos crees que aplica esa regla? Se sabe que los docentes realizan este tipo de preguntas 20% de las veces en sus clases (Cotton, 1988).   

No hay evidencia que soporte que un tipo de pregunta sea mejor que otra porque ambas pueden ser efectivas para distintos propósitos. Por ejemplo, en primaria, las preguntas de bajo nivel cognitivo ayudan a que los estudiantes adquieran conceptos básicos.  De forma similar, se sabe que, en la secundaria, las preguntas de alto nivel cognitivo facilitan mayores progresos en los aprendizajes de los estudiantes. Sin embargo, en los grados inferiores limitar las preguntas a aquellas de bajo nivel cognitivo puede producir un estancamiento en el aprendizaje, ya que los estudiantes no tienen oportunidad de utilizar la información que van aprendiendo.  En conclusión, cada tipo de pregunta produce beneficios en diferentes situaciones.  Como dije anteriormente, saber usar cada tipo de pregunta para apuntar a las necesidades de cada estudiante, es un arte.

¿Qué debemos hacer y qué no debemos hacer al usar este método con nuestros hijos y alumnos?

En el arte de preguntar, no hay nada escrito en piedra.  Aquí algunas recomendaciones de lo que si debemos hacer y lo que no. Después de todo, mientras seamos maestros de nuestros hijos, debemos mantener la buena relación con ellos.

Lo que si Lo que no 

(Arslan, 2006; Cotton, 1988)

(Wragg, 2001)
Hacer preguntas de bajo y alto nivel cognitivo

Plantear las preguntas de forma tan clara como sea posible

Corregir las respuestas incorrectas, si el tipo de pregunta tiene una respuesta correcta

Retroalimentar la respuesta de los niños cuando la pregunta no tiene respuesta correcta ni incorrecta. 

Dar tiempo suficiente para que el niño responda
Hacer demasiadas preguntas a la vez

Hacer una pregunta y responderla usted mismo

Hacer preguntas solo a los alumnos más brillantes o agradables

Hacer una pregunta difícil demasiado pronto en la secuencia de introducir nuevos temas

Hacer preguntas irrelevantes

Hacer siempre los mismos tipos de preguntas 

Hacer preguntas con tono amenazante

No dar tiempo a los niños para pensar la respuesta

No corregir las respuestas incorrectas

Ignorar las respuestas de los niños
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Reflexiones de una mamá maestra

Cuando los padres se convierten en juez y parte

Los padres aspiramos a la mejor educación de nuestros hijos. En el caso de quienes somos privilegiados para poder elegir una institución privada, la seleccionamos influenciados por nuestros antecedentes sociales, nuestros ingresos, el plan de estudios que ofrece la escuela, las instalaciones escolares, el desempeño escolar, la calidad de los docentes y la distancia entre la escuela y nuestra casa (Yaacob, Osman, & Bachok, 2014).  Sin embargo, a menos que seamos exalumnos de la institución escolar, rara vez tenemos evidencia suficiente para juzgar la calidad de la institución educativa de nuestra preferencia, incluyendo la calidad de sus docentes.  Por lo regular, es hasta que nuestros hijos comienzan a dar muestras de sus aprendizajes y empezamos a compararlos con otros niños, que empezamos a evaluar si la institución cumple nuestras expectativas o no.

Aquellos padres que no tienen el privilegio de elegir la institución a la que asistirán sus hijos porque no hay otra opción en la localidad (por cierto, la mayoría de los padres del país), de igual forma toman una decisión: la de enviar o no a sus hijos a dicha escuela.  Los padres esperan que, sus hijos muestren aprendizajes como producto de asistir a la única escuela de la comunidad, tal como esperamos nosotros que tuvimos el privilegio de elegir una.

En cualquiera de los dos escenarios, es indiscutible que una escuela de calidad es juzgada como buena cuando sus estudiantes aprenden en un ambiente placentero.  Los padres notamos y nos entusiasmamos cuando nuestros hijos empiezan a lograr aprendizajes relevantes, como leer y escribir, aprender otro idioma, cálculos importantes y cuando nos afirman que les gusta ir al colegio.  Pero ¿qué pasa cuando no hay aprendizaje en la escuela? Desde hace unos años, cuando empezaron a evaluarse las instituciones educativas con las pruebas estandarizadas del Ministerio de Educación, se evidenció que muchos niños no están aprendiendo o están aprendiendo muy poco en las escuelas y en los colegios privados.  Aquellos colegios que obtienen los mejores resultados en dichas evaluaciones han ganado cierto prestigio, que para bien o para mal, da cierta confianza a los padres de que la escuela cumple las expectativas educativas que tenían para sus hijos.

Lo que rara vez nos damos por enterados los padres de familia, es del valor agregado que las variables que influenciaron nuestra decisión para elegir la escuela o enviarlos a la única escuela de la localidad, descritas al inicio del artículo, explican en gran medida el rendimiento de nuestros hijos su vida escolar.   ¿Cómo? La respuesta es simple. El capital cultural de los padres, es decir, su nivel académico, los libros que se tienen en casa, la exposición a conocimiento como el teatro, el cine, el internet, etc., sumado con el grado de involucramiento que los padres tengan en el aprendizaje de sus hijos, determinará en gran medida su rendimiento escolar.  Sin embargo, a pesar del grado de involucramiento que tengamos, rara vez cuestionamos la calidad de los docentes o la calidad de la institución en general, después de todo nosotros la elegimos.  Por el contrario, los padres con altas expectativas de sus hijos y de la institución brindan los soportes necesarios para que sus hijos superen las dificultades sin cuestionar la metodología con la que los docentes están enseñando.  Tristemente, cuando los padres no tienen posibilidades de brindar soportes, ni otra opción de escuela a donde mover a sus hijos, optan por retirarlos.  De allí los altos niveles de deserción de los países en vías de desarrollo.

Pero desde hace 70 y pico de días, en que los padres nos hemos vuelto los maestros de nuestros hijos siguiendo los lineamientos de sus verdaderos docentes, hemos observado en vivo y con lujo de detalles las metodologías con las que los docentes utilizan para educar.  Y, entonces, inevitablemente juzgamos la eficiencia de dichas metodologías para implementar educación a distancia.  Dicho de otra forma, esta pandemia les dio oportunidad a los padres de verificar si haciendo exactamente lo que la maestra sugirió permitió que su hijo aprendiera o no.  Y si, el logro o no logro de aprendizaje se debe a la calidad educativa de la escuela y sus docentes o a la capacidad de nuestros hijos. Asimismo, la educación a distancia nos ha permitido a algunos padres modificar la instrucción de la maestra, poniéndole de nuestra sazón, como si fuéramos un tutor que conoce profundamente a su estudiante y que sabe cómo hablarle y que recursos utilizar para que pueda aprender.  También los padres podemos decidir la frecuencia con que los niños practican los temas, leen, revisan su trabajo, etc. en casa. Esto participación directa en el aprendizaje de nuestros hijos nos da un rol de juez y parte en la institución educativa de nuestros hijos.  Indiscutiblemente, evaluaremos el próximo reporte de calificaciones de nuestro hijo o hija, con un ojo crítico muy diferente del que teníamos hasta antes de la pandemia.

De este fenómeno surgen preguntas de investigación educativa como: ¿de quién es la responsabilidad del aprendizaje de nuestros hijos ahora? Con certeza, no es solamente de la escuela, ya que nosotros como padres tenemos bastante que ver con que nuestros hijos aprendan.  ¿Cuál es realmente el valor agregado de la escuela y cuál es el de los padres?  Las escuelas están haciendo su parte, pero el capital social, económico y cultural de los padres juega un papel mucho más determinante en el aprendizaje de los niños ahora más que nunca.

¿Están aprendiendo todos los niños igual? Si cada niño tiene un tutor personal no debiera esperarse el mismo aprendizaje de todos los niños.  ¿Qué aspectos del entorno del hogar del niño hacen la diferencia?  Habrá que determinar las prácticas que tienen los padres de niños que logran más aprendizajes en esta modalidad. Finalmente, la pregunta más controversial que he visto en las conversaciones con otros padres, ¿debieran los colegios cobrar igual por la educación de nuestros hijos? Después de todo, gran parte del trabajo ya no se lleva a cabo en las escuelas. Estas preguntas son preguntas de rendición de cuentas de las escuelas y de calidad educativa donde los padres tienen un rol muy por encima del que teníamos antes del COVID-19.  

Siempre termino mis artículos con alguna recomendación que me haya funcionado como mamá maestra. Pero esta vez quisiera finalizar con una pequeña encuesta.  Si tienes 1 minuto más responde estas 4 preguntas en:  https://forms.gle/gFfnsFX6by2P78Gh7 , te lo agradezco. Tus respuestas contribuirán para empezar a responder algunas de las inquietudes expuestas en este artículo.

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Reflexiones de una mamá maestra

Detener el retroceso y continuar aprendiendo

Este fin de semana leí que la crisis del COVID-19 resultaría en el mayor retroceso en educación del último siglo (Reimers, 2020).  Según el director de la ONU, António Guterres, los más afectados, tanto de la pandemia como de las medidas de mitigación, son las poblaciones vulnerables y sobre todo los niños.  Los niños están siendo afectados por la falta de educación, falta de alimentación, poco acceso a salud y la violencia intrafamiliar.  Todos estos problemas son producto de la pobreza que la pandemia está dejando en las familias de casi todos los países del mundo.

A pesar de los enormes esfuerzos que los gobiernos están realizando para entregar alimentación escolar y educación a distancia a los niños, millones no tienen oportunidades de aprender debido a las limitaciones de acceso que no se han resuelto por muchos años en los países en vías de desarrollo. Para ser precisos, más de 156 millones de estudiantes están fuera de la escuela solo en América Latina debido al coronavirus (ONU, 2020).  El internet está siendo un medio para entregar educación a la población con mayor nivel socioeconómico, pero esta no constituye una solución para los más pobres.  Los gobiernos han optado por utilizar otros medios como la televisión y la radio para entregar educación a distancia. Pero esta modalidad requiere que los estudiantes reciban material impreso donde puedan practicar y estudiar las clases transmitidas por televisión, lo cual también constituye un reto.   

Desde los años noventa se ha sabido que interrumpir las clases de los estudiantes tiene un efecto negativo en el aprendizaje de competencias básicas como lectura, matemática y escritura (Cooper et. al, 1996).  No solo los niños no están aprendiendo nuevas destrezas, sino que, se sabe que los niños olvidan, retroceden o desaprenden aquéllas en las que ya habían avanzado.  Aún más, aquellas destrezas que requieren conocimiento factual o de procedimiento, y que, por consiguiente, requieren mucha práctica para consolidarse, son en las que mayor retroceso se observa.  Por ejemplo, hay mayor pérdida en ortografía y matemática que en comprensión lectora porque la comprensión lectora es más conceptual.  Sin embargo, esto no quiere decir que no haya pérdida en comprensión lectora, sino que es menos pronunciada que en matemática.      

Por lo anterior, puedo entender por qué Reimers argumenta contundentemente que será el mayor retroceso educativo del siglo. Actualmente los niños, incluyendo mis hijos de 4, 7 y 9 años, que no están yendo a la escuela y están recibiendo de limitada a ninguna educación a distancia, muy posiblemente, están desaprendiendo o retrocediendo en algunas competencias.  El efecto de estar sin educación tanto tiempo debido a la cuarentena, no solo produce falta de aprendizaje, pero hay quiénes afirman que resultará en otros importantes problemas sociales como: 1) más niños que no regresarán a la escuela, 2) más niños expuestos a violencia intrafamiliar, 3) mayor desnutrición, y 4) mayor mortalidad infantil, por mencionar algunos.

Tristemente, para los niños que tienen acceso a internet y a una impresora, la educación en línea no garantiza que estén avanzando igual a que si estuvieran en sus aulas.  Llevo dos meses en cuarentena y he sido testigo de la varianza en las capacidades de los docentes de mis hijos para entregar educación a distancia a través de internet. Las capacidades tecnológicas de los docentes varían de aquellos que tienen claridad de cómo utilizar el internet para lograr aprendizajes, a aquellos que nunca habían participado en una videollamada o habían abierto un correo electrónico. Aún peor, las instituciones educativas han puesto en evidencia que atienden a nuestros hijos con metodologías arcaicas e improductivas como “llenar el libro de texto” para poder tener algo que calificar este semestre.

Hay que reconocer que las deficiencias no son culpa de nadie y a la vez son culpa de todos nosotros. Nadie podía estar preparado para esta pandemia y, a su vez, pareciera que la vida nos cobrara que el sistema educativo siga siendo deficiente después de tantos años de saber cómo aprenden mejor los niños. Pero, mientras no se pueda regresar a clases sin contagiarse ni contagiar a otros, los niños seguirán fuera de la escuela. Yo seguiré siendo la mamá maestra, igual que los millones de mamás en el mundo, y las verdaderas maestras de nuestros hijos seguirán decidiendo qué calificar en las tareas que envían en línea. De la misma forma, los niños sin acceso a internet continuarán con suerte recibiendo lo que un grupo de expertos considere importante a través del periódico, la televisión y la radio.

Escribo este post para motivarnos a no permitir un retroceso educativo. No lo permitamos como padres de nuestra pequeña aula multigrado en casa, ni como ciudadanos. Tal como las escaleras de la imagen, nos tomará más tiempo llegar a la cima. Pero lo importante es no dejar de avanzar, aunque solo sea un escalón a al vez.

Aquí algunas sugerencias de lo que podemos hacer para que nuestros hijos y los niños de las naciones sigan aprendiendo: 

  1. Priorizar las competencias básicas: lectura, escritura y matemática.  No es posible ni necesario tratar de cubrir contenidos de todas las materias del currículo; algunas cosas pueden esperar. En cambio, la práctica de lectura, matemática y escritura no se debe suspender. Priorizar supone más tiempo para practicarlas diariamente. 
  2. Proveer diferentes recursos para leer en casa, así como para practicar conceptos matemáticos y escritura.  El periódico es un buen recurso para llegar donde el internet no llega. Sin embargo, también pueden llegar recursos para practicar en los empaques de productos básicos, los envases de agua, etc. Algunas empresas pudieran poner un grano de arena a la educación del país con esta iniciativa.
  3. Retroalimentar los errores de forma tan inmediata como sea posible.  Corregir errores de aprendizaje de forma oportuna ayudará a que los alumnos no retrocedan en sus conocimientos. Algunos hermanos mayores pueden involucrarse en esto.  Sin embargo, es importante que los recursos que se desarrollen incluyan formas de verificar las respuestas correctas de los ejercicios.
  4. Promover el juego en familia.  El juego no solo desarrolla vocabulario, también desarrolla habilidades motoras y socioemocionales.  Además, juegos tradicionales como el dominó, los juegos con dados, los juegos que involucran conteo y suma de puntos ayudan a desarrollar el sentido numérico de los más pequeños de la casa. 
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Reflexiones de una mamá maestra

Evaluación en línea: no perdamos de vista la validez y la confiabilidad

En tiempos “normales”, es decir, cuando no vivíamos el encierro del COVID-19, los docentes evaluaban a nuestros hijos en sus aulas y tomaban decisiones con base en dichas evaluaciones, incluso tan frecuentemente como un tercio del tiempo de clase (Stiggins, 1992). Hasta hace más o menos un mes, cuando recibíamos una calificación, la responsabilidad de esta era totalmente de nuestro hijo o hija y confiábamos ciegamente en el juicio de su maestro. En el mejor de los casos, los docentes evaluaban para mejorar su enseñanza y para retroalimentar sobre los aprendizajes de nuestros hijos.  En el peor de los casos, evaluaban para disciplinar o motivar a conductas socialmente aceptables en el aula.  Cualquiera que haya sido la razón de la evaluación, nuestros hijos se examinaban relativamente bajo las mismas condiciones en su salón de clase y los docentes tenían el control de las condiciones de evaluación.  Indudablemente, todo eso ha cambiado abruptamente con la llegada del COVID-19.

Con la implementación obligada de educación a distancia, los docentes continúan teniendo la responsabilidad de reportar calificaciones de nuestros hijos con base en tareas y evaluaciones que se realizan en casa.  Algunos docentes han optado por solicitar videos y fotografías de nuestros hijos para tener alguna evidencia que sustente la calificación.  También se han popularizado las compañías que ofrecen software para elaborar pruebas a través de internet. Luego, como el monito del meme (entrego total crédito del autor), cuando recibimos la calificación en una tarea o evaluación, sentimos que la “nota”, mala o buena, es tanto mérito de nuestro hijo como nuestro en el rol de mamá/educadora.  

A pesar de que el meme de la mamá monito nos cause risa, pone en evidencia cuestiones básicas de evaluación en el aula virtual: la validez y la confiabilidad.  No dejamos de preguntarnos si ¿son válidas las calificaciones de las evaluaciones que los niños han hecho en casa, cuando ha sido la madre la que enseñó, pero la maestra la que evaluó?  ¿Fueron claras las expectativas de la tarea para la madre y para nuestros hijos? ¿Hay acuerdo entre la maestra y la madre en la calificación otorgada al hijo? Después de todo, una tuvo el control de la enseñanza y la otra de la evaluación. Entonces, ¿cuál es la forma más recomendable de evaluar a distancia?  Para responder a estas preguntas, es necesario volver a las cuestiones básicas de evaluación, las cuales no se deben perder de vista a pesar del uso de tecnología.  Después de todo, la evaluación en principio provee información para tomar decisiones. Si esta es errónea, la decisión sobre el aprendizaje del niño será la incorrecta. Aquí algunas reflexiones sobre evaluación a distancia partiendo de los principios básicos de evaluaciones de calidad.

Definir el propósito de la evaluación

Quizá la pregunta más importante a responder al evaluar es ¿para qué se va a evaluar? La respuesta más obvia es la necesidad de reportar una calificación que luego servirá de base para la promoción (razón sumativa).  Pero hay al menos dos razones más profundas y de carácter formativo para evaluar en tiempos de educación virtual:

  1. Para mejorar la instrucción a distancia.  Dicho de otra forma, una razón poderosa para evaluar debe ser para determinar si los alumnos están aprendiendo con la herramienta en línea seleccionada.
  2. Para informar sobre las expectativas de aprendizaje a padres y alumnos. La evaluación es la forma más concreta de informar sobre expectativas de aprendizaje a los usuarios, en este caso padres y alumnos.  Cuando se muestra un ítem de evaluación, este se convierte en una herramienta poderosa de enseñanza.

Definir qué evaluar

Además del propósito de evaluación, es importante entender, definir y comunicar claramente qué se va a evaluar.  En la mayoría de los contextos educativos, los docentes evalúan resultados relacionados con adquisición de conocimientos, pensamientos de alto nivel, comportamientos, productos, competencias y actitudes. Aquí algunos ejemplos:

¿Qué evaluar?EjemplosIndicador de logro
Conocimiento Contenidos de geografía e historiaNombra los ríos más importantes de Guatemala y su ubicación
Pensamiento de alto nivelResolución de problemas de matemática Realizar inferencias de un textoResuelve problemas reconociendo la operación aritmética a aplicar.
ComportamientosHacer una presentación sobre un temaDiseña una presentación y presenta sobre los ríos de Guatemala 
CompetenciasLeer, escribirLee 100 palabras por minuto.
ProductosReporte de investigaciónElabora un mapa donde muestre los ríos de Guatemala
ActitudesDisposición al aprendizajeTiene actitud de investigar más 

Es común que los docentes conozcan la generalidad de lo que se desea evaluar, pero la pregunta importante es  ¿cuál es el mejor indicador de que un alumno ha internalizado un contenido, logrado una competencia, etc, para el grado correspondiente. 

Definir la mejor herramienta en línea para que el niño muestre su aprendizaje

Hay diferentes formatos de evaluación, algunos más fáciles de implementar y comunicar que otros. También algunos formatos son más pertinentes para ciertos contenidos que para otros. Los más comunes son los exámenes, las evaluaciones de desempeño y la comunicación personal. 

Exámenes

Los exámenes son una forma muy común de evaluar en entornos presenciales.  Indistintamente del tipo de ítem usado en los exámenes, hay una creencia común de que son “objetivos” para otorgar calificaciones, pero esto depende mucho de la calidad del examen.  En entornos virtuales existen compañías que permiten elaborar exámenes, incluso con opciones de video para que la maestra pueda observar la interacción del niño con la computadora u otro material.  Sin embargo, es virtualmente imposible controlar que un alumno no haga trampa en un examen en línea sin un laboratorio.  De manera que, se ha cuestionado mucho la validez de los exámenes en línea. Pero no significa que no sea posible para propósitos formativos. 

Evaluaciones del desempeño

Las evaluaciones del desempeño solicitan que el alumno haga algo y luego el evaluador lo califica con base a criterios (rúbricas o listas de cotejo).  El secreto de esta evaluación radica en la calidad de los criterios seleccionados y en su capacidad para comunicar una tarea en específico. 

Comunicación personal

La comunicación personal en línea requiere que el docente y el alumno interactúen y el docente haga preguntas sobre la cuestión que desea evaluar y el alumno responda inmediatamente.  El docente luego registra si la respuesta dada por el estudiante es correcta o incorrecta.

A continuación, resumo algunas ventajas y limitaciones de los tres formatos de evaluación cuando se hace en línea.

HerramientasFortalezas en educación a distanciaLimitaciones en educación a distancia
ExámenesEs una forma eficiente e inmediata de evaluar y calificar. Permiten evaluar una gran cantidad de contenidoLas pruebas requieren de cierto conocimiento de elaboración de ítems para que estos permitan mostrar lo que sabe.   Requieren de un número suficiente de ítems para que la evaluación sea confiable Su desarrollo toma tiempo. No se puede controlar al 100% que el estudiante no haga trampa.   
Evaluaciones del desempeñoPermite que varios evaluadores emitan un juicio, incluso el estudiante o la madre.  Permite que el estudiante combine varias competencias adquiridas en el desarrollo de un producto.  El número de productos es limitado Requiere entrenamiento de quienes califican para lograr que sea confiable.
Comunicación personalFavorece la interacción uno a uno con los docentes Se puede profundizar en las respuestas del estudiante Toma tiempo porque requiere conversar con cada alumno uno a uno. Requiere una rúbrica de calificación o bien una lista de cotejo, así como y entrenamiento de quienes califican  

Evaluar la calidad de la evaluación

A continuación, algunas recomendaciones generales para determinar si la evaluación que realizaremos en línea tiene validez y confiabilidad.

Validez

La validez de las evaluaciones significa que la interpretación de su resultado es precisa con respecto a lo que se deseaba evaluar y con respecto a lo que el estudiante sabe y puede hacer.   Por ejemplo, si queremos evaluar que un estudiante incluya las partes de una carta al redactar una, y, al calificarla, el docente asigna el mayor peso de la nota a la ortografía de las palabras en la carta, entonces la calificación no se puede interpretar como la capacidad del estudiante para escribir una carta sino como la capacidad del estudiante para escribir sin faltas de ortografía. 

Una forma de evidenciar la validez de las evaluaciones en línea es comunicar claramente el propósito de la evaluación, así como los criterios de evaluación y calificación del producto tanto a los estudiantes y para los más pequeños a sus padres.  Es importante hacer esto todas las veces que se evalúa, y no recurrir a la consigna “tal como lo hacemos en clase” porque esto puede interpretarse de muchas formas.

Confiabilidad

La confiabilidad se refiere a la consistencia con la que un alumno demuestra que puede hacer algo o no.  Por ejemplo, si le solicitamos que reste números de tres dígitos a un niño de tercero primaria, y el niño logra hacerlo 9 de las 10 veces.  Podemos concluir que ha sido consistente en demostrar que lo puede hacer. Otra forma de evaluar consistencia es a través de que varias personas evalúen el desempeño o el producto de un mismo niño.  Por ejemplo, si la maestra y la mamá evalúan a la misma niña en el número de palabras por minuto que lee y ambas, la maestra y la mamá, llegan a resultados similares.  Entonces la evaluación puede determinarse como confiable.   

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Reflexiones de una mamá maestra

Ahora es nuestra oportunidad de desarrollar competencias.

Mis amigos y mentores de NCIEA publicaron hoy un artículo brillante sobre aprendizaje y evaluación en tiempos de COVID-19.  Sentí la responsabilidad de escribir las ideas principales del artículo en español a la vez que le pongo un poco de mi sazón al tema.

El artículo inicia con la siguiente cita de la entrevista con el educador Jal Mehta: 

Desde una perspectiva de aprendizaje más profundo, lo peor que podría hacer sería tomar el mismo tipo de hojas de trabajo que los estudiantes hacen en la escuela y ponerlas en línea. La motivación intrínseca es más importante en un aula virtual y, por lo tanto, es más importante encontrar tareas que involucren los intereses y curiosidades de los estudiantes. Mientras, los estudiantes tienen significativamente más tiempo y con horarios más flexibles, esta cuarentena es muy adecuada para el aprendizaje basado en proyectos o aprendizaje basado en desafíos, donde los estudiantes trabajan de una manera más enfocada para producir un producto o explorar una pregunta interesante. Para los niños mayores, COVID-19 puede ser un lente a través del cual puedes aprender matemáticas, política, salud pública, comportamiento humano y mucho más (Jal Mehta, 2020).

La cita no pudo tener más sentido para mi en este momento, mientras trato de equilibrar mi trabajo como investigadora educativa y mamá/educadora de mis hijos de 4, 7 y 9 años.  Aún no he sido exitosa.

Cada lunes por la mañana, mis hijos reciben sus tareas a través de Google Classroom para ser entregadas el viernes de esa misma semana.  Como era de esperarse, cada maestra, de cada materia, de cada uno de mis hijos, envía su propia lista de tareas, esperando que cada uno de mis hijos cuente con un dispositivo electrónico propio para descargar sus tareas, luego las imprima, las realice por sí mismo y las suba de nuevo en la plataforma.  Aunque en mi casa el tema de los dispositivos pueda estar resuelto de la mejor manera posible, la realidad es que yo termino organizando las 15 tareas de cada uno de mis hijos y organizando mi propio horario, de trabajo y personal, para poder orientar a cada uno en la resolución de sus tareas.  Aunque cada semana me he organizado mejor, han pasado cinco semanas con esta rutina y cada viernes termino exhausta.  

He seguido las disposiciones publicadas del gobierno de Guatemala para entregar educación a distancia en el sector público del país.  No es sorpresa que mis hijos están en una situación privilegiada en comparación con la mayoría de los estudiantes de Guatemala. Y entonces, agradezco a Dios las oportunidades que tenemos y tomo energías para una semana más.

Sin embargo, indistintamente de las modalidades y oportunidades de cada estudiante del país para recibir educación a distancia en esta cuarentena, no dejo de preguntarme si realmente mis hijos y el resto de los niños del país continúan aprendiendo en tiempos de cuarentena cuando todos están fuera de la escuela.  ¿Estamos utilizando la educación a distancia más adecuada para lograr aprendizajes?, ¿Saben los padres qué esperara cada maestra en la tarea que asignan en línea?  ¿Estamos los papás y maestros apoyando o desmotivando a los estudiantes a aprender durante la cuarentena? ¿Qué prácticas de los padres propician mejores aprendizajes? ¿Será este un año perdido en términos de aprendizaje?   Todas estas son preguntas fascinantes para una investigadora educativa como yo.  Por ello, pienso que el artículo de NCIEA da algunas luces para responder estas preguntas.  Y pienso que tenemos una gran oportunidad para aprender sobre educación a distancia y virtual en países en vías de desarrollo.  Al final de este post, doy algunas sugerencias para las mamás que están empeñadas en que sus hijos sigan progresando en sus aprendizajes y no retrocedan durante la pandemia.

Entonces, ¿por dónde empezamos a desarrollar y lograr aprendizajes en nuestros hijos/alumnos en esta cuarentena? 

Enfocarse en competencias y no en contenidos 

Una competencia es un conjunto de habilidades que nos permiten desempeñarnos en algo. Por ejemplo, leer es una competencia porque implica dominar varias habilidades como conocer el alfabeto, desarrollar vocabulario, unir letras en palabras, y nos permite aprender de libros y de textos en sus diferentes presentaciones.  Un contenido, por el contrario, es una porción de conocimiento de cualquier tema y no implica que podemos desempeñarnos en algo.  Por ejemplo, aprender los ríos de Guatemala no necesariamente nos permitirá desempeñarnos para leer un mapa.  Aprender una competencia implica que sabemos cada vez más, que lo hacemos mejor o que podemos desempeñarnos en situaciones más sofisticadas.  Por ejemplo, al aprender la competencia lectora, cada vez leemos más texto, lo leemos mejor y podemos leer de temas más complicados. Las competencias no son un tema novedoso en educación.  Pero, la educación tradicional tan arraigada en los educadores ha impedido hacer un cambio de paradigma.

Según NCIEA, el primer paso para lograr aprendizajes en educación a distancia es enfocarnos en competencias y no en contenidos.  Y luego, priorizar las competencias más importantes de cada grado.  Esto, en teoría, permitiría que los niños no se estanquen y que, al volver a las aulas retomen contenidos y procedimientos del currículo.  Entonces, cada docente debe hacerse la pregunta: ¿cuál es la competencia o competencias más importante(s) que deben desarrollar mis alumnos en este grado? Por ejemplo, en primero primaria, indiscutiblemente es la adquisición de la lectura y escritura y el sentido numérico.  En cuarto primaria, probablemente sean la producción escrita y la lectura con comprensión. En matemática me atrevería a decir que sería la resolución de problemas aritméticos.  En resumen, cada docente priorizaría aquellas competencias que los estudiantes de determinada edad no pueden dejar de practicar para no retroceder.    

Aprendizaje por proyectos

 

El aprendizaje por proyectos tampoco es un tema novedoso en educación.  Es una metodología conocida para desarrollar competencias porque propicia el pensamiento crítico, la creatividad y la aplicación de diferentes competencias en un solo proyecto. 

La pandemia ha significado que los niños tengan más tiempo y horarios más flexibles en casa.  Estas nuevas rutinas facilitan que los estudiantes puedan investigar más a fondo sobre diferentes temas. A partir de sus investigaciones los estudiantes desarrollan un producto (proyecto) que documenta o muestra su aprendizaje. Dicho de otra forma, aprender por proyectos se refiere a que el niño desarrolle un producto sobre un tema que investigaron y en donde pueda aplicar las competencias priorizadas para el grado.  De manera que, la maestra debe preguntarse ¿cuál es un tema relevante que los estudiantes pueden investigar y cuáles productos pueden desarrollar para mostrar la competencia priorizada?Por ejemplo, el COVID-19, en sí mismo, es un tema relevante en la vida de todas familias en este momento como bien afirma Jal Mehta.  Pero hay otros temas importantes para el grado correspondiente que se pueden profundizar. 

Cuando en la casa hay varios niños, el proyecto puede ser también una oportunidad para propiciar aprender con otros.  La educación virtual tiende a ser más individualizada y hay menos oportunidades para discusiones que regularmente lideran los docentes en las clases presenciales.

Evaluación formativa y calificaciones más flexibles

Según NCIEA, El COVID-19 también nos permite replantearnos la forma de evaluar a nuestros estudiantes.  Según NCIEA, no se trata de simular electrónicamente el mismo patrón de evaluación del aula. Cada madre está enseñando a su manera la forma de resolver las tareas de sus hijos, lo que hace imposible suponer que todos los niños han tenido la misma oportunidad de aprender y por ende, no es posible estandarizar la evaluación.  La pregunta que debe plantearse cada docente es la siguiente: ¿se encuentra el alumno en camino de dominar la competencia esperada con el producto entregado?

Para responder esta pregunta, NCIEA recomienda evaluación formativa en la que el alumno entregue un producto y que en este se evalúe la competencia(s) priorizada(s) en términos de si el alumno muestra que está en proceso de lograrla(s) o no.  

Sin embargo, más allá de la imposibilidad de esperar que todos los niños del aula han tenido la misma oportunidad de aprender el tema en cuestión, el COVID-10 nos está dando una oportunidad para que los estudiantes exploten su creatividad y el pensamiento crítico. Por lo que no es posible esperar respuestas correctas e incorrectas en sus productos; lo que hace necesario relajar algunas reglas de calificación típicas.  La sugerencia de calificación de aprobado o en proceso es una del artículo de NCIEA. 

Sugerencias para papás y mamás educadores en tiempos de COVID-19

Finalizo el artículo con algunas lecciones aprendidas en la aventura de ser mamá educadora en las últimas 5 semanas. 

  1. Indaguemos sobre cuál es la competencia(s) priorizada(s) para el grado de cada uno de nuestros hijos.
  2. Tratemos de encontrar temas en común entre las tareas de nuestros hijos para desarrollar proyectos en casa.  
  3. Pensemos siempre en aprender y no solo en entretener a nuestros hijos.
  4. Juguemos juegos de mesa.  Cambiemos el idioma para jugar juegos clásicos para aquellos hermanos que aprenden un segundo idioma.
  5. Hagamos competencias de operaciones simples de matemática entre los miembros de la familia.
  6. Continuemos discutiendo y hablando en familia. Esto facilita el vocabulario y el aprendizaje social.
  7. Leamos todas las noches a nuestros hijos.