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Reflexiones de una investigadora

Habilidad nivel “scrunchi” y PISA-D

Hoy, 13 de diciembre, me di cuenta de que me quedan 18 días para cumplir mi meta del 2020 de convertirme en costurera.  Es evidente que no lograré hacerlo en tan corto tiempo y que tendré que extender el plazo de la meta un año más.  Mientras reflexiono sobre mi progreso en desarrollar la habilidad para coser, me doy cuenta de que, aunque el progreso fue lento, dominé algunas destrezas básicas.  Por ejemplo, puedo maniobrar la máquina de coser sin problema. Puedo elaborar algunas piezas simples como bolsitas y scrunchies (colitas para el pelo en la muñeca de mi mano). Puedo hacer ruedos a máquina y corregir los hoyos en los pantalones de mis dos futbolistas.  A pesar de que he superado algunos pasos y me he ahorrado pagar por que me hagan un ruedo, en realidad no estoy cerca de ganarme la vida con esta segunda profesión. 

Irónicamente tengo un diploma de costura básica que se generó automáticamente solamente por haber completado mi curso en línea. Ciertamente, en el curso en línea lo más importante era premiar mi esfuerzo por los dólares que pagué y le dieron menos importancia a mi desempeño. Sin embargo, si me dieran trabajo de costurera basado en ese diploma, indudablemente fracasaría en el empleo. Es que la habilidad para coser puede ir desde las scrunchies, hasta vestidos de princesa.  En la imagen, se encuentran tres niveles de costura.  En la primera están los scrunchies. Estos fueron confeccionados por mi hija y por mí.  Para hacerlo, requerimos cortar un rectángulo de tela, coserlo por una de las orillas e insertarle un elástico.  La camisa negra fue elaborada solo por mí.  Esta requirió más pasos, incluyendo elaborar un patrón.  A pesar de que la completé, tiene varios errores.   El vestido de princesa lo elaboró una modista de alta (altísima) costura, muy querida y cercana a mi hija y a mí.  Ni siquiera puedo describir los pasos para hacer ese vestido.  Las habilidades que adquieren las personas, como esta de coser a máquina, pueden describirse en un continuo de destrezas que van de lo simple a lo complejo.

Si para otorgarme el diploma del curso de costura básica en línea me hubieran evaluado con los scrunchies, seguro ganaría el curso con altas calificaciones.  En cambio, si me hubieran evaluado con la camisa, tal vez hubiera pasado “raspada” o hubiera perdido el curso por los errores.  Y si el diploma se basara en el vestido de princesa, ni siquiera me hubiera atrevido a hacer la evaluación.  

Este mes se publicaron los resultados de la evaluación internacional PISA-D en la que participó Guatemala.  PISA-D evalúa lectura y matemática en jóvenes de 15 años que están en la escuela y fuera de la escuela.  La diferencia de PISA-D en comparación con PISA (sin la D) es que tiene ítems en los niveles más bajos de desempeño e incluyó a jóvenes fuera del sistema.  Para usar la analogía de los niveles de costura, digamos que la camisa correspondería al nivel esperado en mundo sobre habilidad en matemática y lectura tal como ha sido definido por los países que participan en esta evaluación con la OECD.  Y PISA-D incluiría más tareas o ítems del nivel de los scrunchies.  El vestido de princesa, que requiere un alto de dominio de la costura, además de un talento artístico, sería el nivel más alto en la evaluación.  Como yo, cuando las personas decidimos aprender algo nuevo, aspiramos llegar al nivel más alto (vestido de princesa), pero si la oferta educativa nos permite lograr el nivel mínimo y funcional (camisa negra), entonces tendríamos oportunidad de obtener un trabajo, de continuar estudios y de superarnos económicamente. Por el contrario, si la oferta educativa no nos da más que la posibilidad de estar en el nivel más bajo (scrunchis), entonces no podríamos obtener un mejor trabajo ni ser autosuficiente económicamente.   Tristemente, cuando la mayoría de nosotros solo sabemos hacer scrunchies, entonces no podemos sobresalir en el mercado porque todos ofrecemos lo mismo al punto que una compañía grande puede automatizar lo único que nosotros sabemos hacer; en cuyo caso, mi habilidad actual no me es costo eficiente.

Los resultados de Pisa D muestran esta triste realidad.  La mayoría de los jóvenes de 15 años de Guatemala que están en la escuela no alcanzan más que el nivel “scrunchi” de lectura y matemática.  Peor aún, los jóvenes que están fuera de la escuela están mucho más lejos de lograr el nivel mínimo en las habilidades básicas.  Cabe mencionar, que 1 de cada 2 jóvenes de 15 años se encuentran fuera de la escuela en este país. La mayoría desertó en la primaria o al finalizarla porque ésta no llenó sus expectativas de aprendizaje y se convirtió en una barrera más que una oportunidad. La historia en matemática es peor que la de lectura.  Realmente en Guatemala los niños y jóvenes no aprenden matemática.  Además, los jóvenes pobres e indígenas aprenden menos, alejándolos aún más de la posibilidad de salir de la pobreza. Y, por si la historia no fuera suficientemente triste, estos hallazgos se encontraron antes de la pandemia.  Lo que significa que el pronóstico es aún peor para los años que vienen a menos que los padres, los docentes y los tomadores de decisión del país hagamos algo.  Aquí algunas ideas.

  1. Los padres debemos exigir aprendizaje y no solo calificaciones altas.  La sociedad y los trabajos actuales valoran lo que nuestros hijos pueden hacer con lo que saben y no los diplomas que acumulan.  Indaguemos si nuestros hijos tienen suficiente habilidad matemática y de lectura para el grado.  Observemos si nuestros hijos pueden hacer cosas más sofisticadas conforme avancen o si pasan los días y los años haciendo lo mismo una y otra vez.  Lamentablemente las calificaciones no reflejarán esto como esperamos.  Afortunadamente, en este confinamiento y con educación a distancia, podemos estar atentos a sus aprendizajes para que no lleguen a los 15 años sin estar preparados para competir nacional e internacionalmente.
  2. Los maestros debemos enfocarnos en el aprendizaje de habilidades y no en la didáctica atractiva de las disciplinas.  Para ello, debemos determinar qué debe hacer el estudiante con cada destreza que adquiere y como cada una se conecta con una subsiguiente más sofisticada.  Solo así el estudiante crecerá en su habilidad. Cuando entendamos cómo se aprenden las habilidades básicas, también podremos elegir mejor las tareas para evaluar si nuestros estudiantes están avanzando.  Dicho de otra forma, podremos diseñar evaluaciones que reflejen el nivel el scrunchi, el nivel camisa y el nivel vestido de princesa para matemática, lectura, ciencias, etc.  Consecuentemente, cuando certifiquemos el aprendizaje con una calificación o un diploma, esta reflejará el desempeño de nuestros estudiantes y no solo será una pantomima o un requisito.
  3. Todos los que de alguna forma u otra estamos involucrados en la toma de decisión y en la política educativa, en primer lugar, debemos leer el reporte. Con los detalles de este fascinante estudio se pueden diseñarán las estrategias a nivel de país que permita otorgar una oferta educativa de mayor calidad para que los niños y jóvenes permanezcan en la escuela y que ésta les provea de aprendizajes con mayor calidad.
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Reflexiones de una mamá maestra

¿Realmente podemos aprender a través de guías de auto aprendizaje y los formatos virtuales ?

El 31 de diciembre del 2019 me propuse aprender algo nuevo y diferente a lo que usualmente estudio.  Así que me inscribí a un diplomado en corte y confección.  A pesar de que mi mamá cose y teje, yo nunca había siquiera encendido una máquina de coser. Pero, después de haber culminado exitosamente un doctorado en el extranjero tenía confianza que podía aprender cualquier cosa.  Si tan solo hubiera sabido que una cosa no tenía nada que ver con la otra.

Habían transcurrido 4 clases en el diplomado cuando la pandemia y el confinamiento llegaron a Guatemala. En las primeras cuatro clases logré confeccionar una bolsa de tela.  Ciertamente, mi bolsa no era la más linda, pero había logrado el patchwork y todas las medidas habían coincidido.  

El siguiente proyecto era una falda.  La falda la confeccioné con instrucciones que me enviaban a través de videos y WhatsApp.  La terminé, pero tenía errores notorios.  Las costuras no coincidieron del todo y tuve que repetirla tres veces antes de lograr terminarla.  Luego de la falda básica, el diplomado en corte y confección fue cancelado por disposiciones del centro de estudios.

No me desmotivé y pensé que podía comprar cursos en plataformas virtuales para continuar mi proyecto de aprender a coser de forma autodidácta.  Empecé con un curso para confeccionar una camisa.  El curso tenía seis unidades con 4 videos cada una. Cada video/lección mostraba cómo elaborar un paso para elaborar la camisa.  Los videos eran cortos (15 minutos máximo) y de alta calidad.  Seguí los pasos con mucho cuidado, mi camisa tiene un solo error en el cuello que aún no comprendo y aún no se cómo arreglar.  Pensé que el curso de la camisa había sido muy ambicioso para una principiante y que debía ir un paso atrás. Así que compré un curso básico con la misma metodología, pero con un proyecto más sencillo que la camisa. Esta vez el proyecto era una cartera.  Lo completé. Sin embargo, al igual que la falda y la camisa, me quedé con muchas dudas sin resolver y siento que, si tengo que hacer cualquiera de los tres proyectos yo sola, no sabría hacerlo sin videos.

En el proceso anterior, mi hija de 8 años se entusiasmó con la idea de confeccionar nuestras propias prendas y me pidió que la inscribiera en un curso en línea de diseño de modas.  Ella, contrario a mi, es inmensamente creativa y ve cosas donde yo no.  El curso de mi hija consiste en reuniones virtuales de dos horas una vez por semana donde las profesoras muestran a través de la cámara las puntadas e instrucciones para que las niñas entre 6 y 12 años cosan sus diseños.  A diferencia de mis cursos, el de mi hija permite interacción entre las niñas y las profesoras.  Hasta el momento, mi hija ha logrado diseñar, pero no confeccionar sin asistencia mía. 

La experiencia de mi hija y la mía en aprender algo diferente, de lo que no teníamos ninguna experiencia previa y a lo cual nos sentimos muy motivadas, me hace pensar si realmente se puede aprender en línea y/o de forma auto didácta. Para responder mi inquietud, volví a las cuestiones básicas: ¿Qué es aprender? ¿Cómo aprendemos los seres humanos? El reciente libro de Stanislas Dehaene (2019) ha respondido parte de estos cuestionamientos. 

Según Dehane, para aprender necesitamos cuatro “pilares”: 1) prestar atención, 2) involucrarnos activamente en la tarea, 3) recibir retroalimentación al error y 4) consolidar el aprendizaje (2019).  

Prestar atención es el primer paso y el prerequisito de los otros tres pilares, de acuerdo con Dehaene. Al prestar atención nos enfocamos en lo que queremos aprender.  En las experiencias que mi hija y yo hemos tenido para aprender a coser en un formato virtual, puedo decir que los videos de alta calidad que yo he tomado permiten enfocar mi atención de mejor manera que las clases virtuales de mi hija con su grupo de compañeras.  En realidad, mi hija no ha podido seguir la instrucción de costura por sí misma, porque el proceso se trunca cuando pierde atención. Ambas nos hemos involucrado activamente en el aprendizaje (pilar dos).  Creo que la razón principal de ello es que tanto mi hija como yo intentábamos ejecutar la instrucción de costura casi inmediatamente después de haberla observado o escuchado con la motivación de ver el producto terminado.  

La retroalimentación al error es un elemento que ni mi hija ni yo hemos experimentado en ninguna de las modalidades (pilar tres).  En mi caso, con los cursos montados en videos de alta calidad, no es posible interactuar con los instructores.  Y en el caso de mi hija con las sesiones de zoom, las profesoras proveen retroalimentación a las dudas de las niñas una a una conforme surja, pero retroalimentar a cada una en un grupo grande hace el proceso tan lento que las niñas pierden la atención, volviendo recurrentemente al primer paso. Finalmente, tanto mi hija como yo necesitaremos práctica para consolidar el arte de coser (pilar cuatro).  Quizá yo tenga que hacer diez repeticiones de la falda, la camisa y la bolsa para sentir que he dominado el arte de coser.  En ese sentido, los videos tienen ventajas sobre las reuniones de zoom de mi hija.  Ventajosamente, el curso de mi hija incluye tareas semanales con el objetivo consolidar aprendizajes.  Sin embargo, aunque repitamos la tarea cincuenta o cien veces, sin retroalimentación, probablemente lo hagamos cincuenta veces mal.

Mientras reflexiono sobre mi competencia como costurera después de siete meses de intentarlo con autoaprendizaje y en formato virtual, me pregunto si ¿los niños del país tuvieron experiencias similares aprendiendo habilidades básicas de forma autodidácta, de las cuales probablemente no tenían conocimiento previo?  Por ejemplo, ¿aprenderían a leer los niños de primero primaria?  ¿Cuál será la competencia de escritura de los niños que cursaron primero primaria en el 2020? ¿Lograron los niños guatemaltecos dominar las operaciones básicas con guías de autoaprendizaje y los programas de televisión? ¿Cuánto avanzaron en el aprendizaje de un segundo idioma nuestros hijos a través de las clases en zoom?  Lo que sospecho es que en nuestro intento de proveer educación a distancia, en algunas ocasiones fuimos exitosos en implementar alguno de los pilares de aprendizaje de Dehaene y en otras ocasiones no tanto.  Por tanto, la moraleja que aprendí de mi propia historia de aprender algo nuevo de forma autodidácta se resume en los siguientes puntos:

  1. Primero que nada, el libro de Dehaene es lectura obligada para los educadores del mundo. 
  2. No todo se puede aprender de forma autodidácta. Algunas cuestiones necesitan mentoría.
  3. Antes de tratar de innovar con las diferentes posibilidades que la tecnología nos ofrece, debemos volver a lo básico en lo que respecta a teorías de aprendizaje y neurociencia.
  4. Cuando diseñamos un curso debemos proveer oportunidades para retroalimentar sobre sus errores a los estudiantes de forma tan inmediata como sea posible.
  5. Debemos aprender de los youtubers, influencers y productores de cine sobre los elementos que capturan la atención de los niños cuando se produce un video.  Sospecho que videos aburridos o clases de zoom donde se presenta un power point durante 40 minutos está lejos de capturar la atención necesaria para aprender.
  6. Los grupos grandes no son convenientes para las clases virtuales por plataformas como zoom.  No son eficientes para capturar atención de los niños, ni para retroalimentar a los niños sobre sus errores.
  7. Debe haber práctica y los niños deben tener oportunidades para conversar con su profesor uno a uno sobre las dudas y errores que están cometiendo en las prácticas y tareas que se les asigna.  Proveer una calificación no es suficiente.
  8. Disfrutar la experiencia de aprendizaje sigue siendo importante.

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Reflexiones de una investigadora

Despejar las nubes del cielo

Cuando empezó el confinamiento ninguno sabíamos cómo seguir la vida.  Muchas preguntas se han tenido que responder desde entonces. ¿Cómo recibirán educación los niños en casa? ¿Cómo continuaremos trabajando a la vez que asistimos a nuestros hijos en sus tareas escolares? ¿Cómo hacemos para no contagiarnos de COVID-19? ¿Cómo mantenemos nuestros negocios sin poder salir a trabajar?  ¿Serán promovidos de grado nuestros hijos?   ¿Se podrán graduar los estudiantes del último año? ¿Cuándo será seguro regresar a clase? Todo parecía y parece aún tan nublado.  Aunque poco a poco hemos ido resolviendo cada interrogante, muchas preguntas siguen sin respuesta, así como nuevas preguntas han surgido.  En este artículo, expongo una pregunta que ha rondado en mi cabeza todo el confinamiento y a la cual estoy empeñada en encontrar una respuesta.  Pero me pareció importante compartirla porque todos debemos estar anuentes al cielo nublado en las calificaciones de nuestros hijos. Si eres docente y al final del post te convences de intentar mi propuesta, escríbeme.

En la escuela las evaluaciones son el pan diario de cada día.  Los docentes evalúan todos los días a nuestros hijos de diferentes maneras y con distintos propósitos.  A veces, el propósito de las evaluaciones es retroalimentar a nuestros hijos para que mejoren su desempeño; ese es el caso de las evaluaciones formativas.  Otras veces, el propósito de las evaluaciones es sumativo. Por lo general cuando este último es el propósito de la evaluación, los docentes y las escuelas utilizan pruebas “objetivas” o exámenes para calificar, promover o certificar.  Las pruebas o exámenes son herramientas para obtener el conocimiento o competencia de los estudiantes y traducirlo en un número al que comúnmente llamamos “calificación” o nota.  Las calificaciones o notas a su vez son el recurso con el que los docentes dan fe pública de que nuestros hijos adquirieron las competencias del grado. 

Quienes tienen acceso a internet y a suficientes dispositivos en casa, probablemente han tenido la experiencia de que sus hijos hayan hecho exámenes por internet, probablemente simulando los controles que los maestros imponen en las aulas.  Por ejemplo, grabar videos de los niños realizando alguna tarea donde se evidencia que nadie lo esté ayudando o llenar exámenes en una computadora mientras son grabados por detrás con otro dispositivo para mostrar que nadie lo ayuda y que nuestro hijo no usa el internet para encontrar las respuestas.  Sin embargo, a pesar de la creatividad para realizar pruebas objetivas a la distancia, no me dejarán mentir que es casi imposible controlar las condiciones en las que los niños toman las pruebas en casa.  

Cuando se elabora examen, se hace bajo el supuesto que esta herramienta estimará la competencia “real” del estudiante en determinada área. Así, por ejemplo, al elaborar la prueba de bimestre de matemática, el docente asume que con ésta capturará la competencia que los niños hayan adquirido en esta área y que la calificación en la prueba representa dicha competencia. De manera que, cuando el padre de familia y el estudiante reciban la nota del examen, perciban que la calificación corresponde con el conocimiento o competencia de matemática de su hijo. Sin embargo, capturar la competencia real en una prueba no es tarea fácil.  

Cuando un docente elabora un examen, diseña preguntas que permitan capturar las competencias que sus estudiantes han estado estudiando.  Dichas preguntas tienen cierto grado de dificultad para distinguir a los estudiantes competentes de los que no.  Finalmente, el docente prepara un examen con suficiente número de preguntas para que el alumno tenga varias oportunidades de demostrar la competencia.  A pesar de lo cuidadoso con lo que se elaboren las preguntas de un examen, se requiere crear condiciones para que nuestros hijos solamente utilicen su competencia para resolver las preguntas y no usen otros recursos.  Por ejemplo, los “chivos”, copiar a un compañero y la habilidad de los estudiantes para responder pruebas son factores que puede influir en la calificación de nuestros hijos en sus exámenes.  De la misma manera, cuando las pruebas se hacen a través de internet, también hay factores que influenciarán la calificación, por ejemplo la habilidad del estudiante para utilizar las plataformas en línea y los dispositivos.  Estos factores adicionales pueden nublar la visión del docente/evaluador para observar la competencia “verdadera” de matemática de nuestros hijos y por consiguiente distorsionar la calificación que recibimos con base en los exámenes en línea.

Tener más nubosidad en los resultados nos trae problemas cuando los propósitos de la evaluación son de dar fe pública a través de una calificación de las competencias de un estudiante. Por ello, algunas mamás o maestros tenemos el sentimiento que nuestros hijos están sacando notas demasiado buenas en comparación con su récord escolar o, por el contrario, percibimos que nuestros hijos están bajando en sus calificaciones por las condiciones en las que toman las evaluaciones por internet o en casa.

Ante esta problemática y siendo una persona que dedica su vida a hacer pruebas objetivas, no dejo de preguntarme si los educadores debemos continuar emitiendo juicios de valor sobre las competencias de los estudiantes a través de pruebas objetivas realizadas en casa y cuando se pueda, por internet. Al igual que con otros temas del confinamiento, yo creo que si podemos seguir evaluando a través de pruebas, pero, debemos modificar algunas condiciones para alejar las nubes del cielo y observar si nuestros hijos están adquiriendo las competencias de grado.  Esta es mi propuesta:

  1. Convertir los exámenes en “retos” y alejarnos del esquema rígido de las pruebas.  Mi hipótesis es que esto motivará a los estudiantes a demostrar su competencia en lugar de tratar de hacer trampa para obtener una puntuación esperada.
  2. Enfocarnos en la competencia y no en la calificación.  Si los retos no tienen una calificación, sino un “completado” o “no completado”, el estudiante estará preocupado por completar el reto al igual que sus compañeros y no en obtener el mayor puntaje.
  3. Lanzar más de un reto en el bimestre.  Cuando los estudiantes tengan que completar más retos, tendrán más oportunidades de mostrar la habilidad.  Esto dará mayor certeza a los padres y docentes de que el estudiante adquirió una competencia.

Con suerte, cambiar la forma de evaluar nos permita determinar mejor y dar dar fe pública que nuestros hijos han adquirido las competencia este año escolar.  De esa forma, no percibiremos que la nota está distorsionada sino bien que está evidenciada y que la evidencia es coherente entre los padres y docentes.  

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Reflexiones de una mamá maestra

No es suficiente trasladar al docente a un dispositivo para lograr aprendizajes este año

La escuela y los maestros son importantes.  En la escuela nuestros hijos aprenden habilidades básicas como lectura, matemática, escritura y pensamiento científico. Además, aprenden habilidades sociales, como compartir, respetar reglas y horarios, autorregulación y responsabilidad.  Esto lo aprenden a través de su relación con pares en el ambiente estructurado que construyen los adultos de la escuela.  

La figura de este post muestra la escuela y la escuela en casa.  En la escuela (del lado izquierdo), los docentes (competentes) organizan lecciones día a día durante el ciclo escolar. Los maestros que preparan lecciones efectivas capturan la atención de sus alumnos.  Durante la lección, los alumnos hacen preguntas, resuelven nuevos problemas, ponen en práctica algún procedimiento o completan una tarea, tanto individualmente como en colaboración con sus compañeros.  Dicho de otra forma, si el docente es efectivo, los estudiantes atenderán la lección de forma activa.  Al mismo tiempo, los docentes competentes monitorean que los alumnos estén atendiendo la lección y que la comprendan el material que están aprendiendo. 

Por otro lado, cuando los docentes han llevado a cabo una lección efectiva en sus aulas, solicitan que los alumnos practiquen lo que aprendieron a través de tareas diarias.  Los docentes competentes también saben que corregir las tareas y retroalimentar a sus estudiantes sobre los errores que cometieron es determinante para consolidar los aprendizajes.  Este proceso para lograr aprendizajes en el aula es conocido y se ha estudiado por años.  Eso no significa que todos los educadores tengan la competencia para lograr aprendizajes en el aula, pero la efectividad docente es un tema diferente y objeto de estudio en si mismo. 

Es indiscutible que el proceso mostrado del lado izquierdo de la figura se ha modificado durante el confinamiento.  Del lado derecho de la figura, se muestra una escena de aprendo en casa. Evidentemente, en ella hay variables que se modificaron por el confinamiento y que indiscutiblemente han influenciado la experiencia de aprendizaje de los estudiantes. 

En la casa, el docente es trasladado a un dispositivo (televisión, radio, computadora).  Y es el padre o la madre quien facilita el acceso, tanto a la radio como la tele, en el horario establecido para el grado de sus hijos.  En los contextos socioeconómicos más altos, los padres proveen los dispositivos e internet para la educación a distancia.  También los padres facilitan los recursos impresos que los niños utilizarán en su aprendizaje a distancia, desde recoger en la escuela las guías de autoaprendizaje, comprar el periódico, hasta imprimir las hojas de trabajo que se envían a través de las plataformas virtuales.  Si los recursos son limitados en el hogar, tristemente también el padre decide qué niño recibe la clase y qué niño no.

El tiempo de aprendizaje se ha modificado en la figura 2.  Al no asistir a la escuela, las lecciones que reciben los niños a través de radio o televisión han disminuido de 5 días a la semana a una o dos horas a la semana. Esto significa que el currículo ha sido priorizado indirectamente al seleccionar unas lecciones sobre otras para ser transmitidas en la televisión o radio o entregadas a los alumnos a través de plataformas. 

En algunos colegios privados han decidido que los estudiantes estén conectados frente a una computadora de 7 a 1 de la tarde recibiendo lecciones y simulando un horario escolar.  Sin embargo, esta solución no garantiza que los estudiantes puedan atender de forma activa a los profesores. Evidencia empírica, incluyendo mis hijos, sugiere que los estudiantes, a pesar de estar conectados, no mantienen una atención activa durante sus lecciones en línea por largos períodos de tiempo.  Así que, probablemente el tiempo efectivo de aprendizaje solo sea, en efecto, una simulación.

Me atrevo a decir que el tiempo de tareas también se ha modificado.  En algunos colegios este ha aumentado considerablemente.  Lamentablemente, las tareas no han sido enfocadas a consolidar, evaluar y retroalimentar aprendizajes, sino a enfocadas a tener algo que calificar.  Consecuentemente, los niños pierden o ganan puntos por la cantidad de tareas que completan e incluso ganan y pierden puntos por la calidad de las fotografías de las tareas, pero reciben poca retroalimentación de sus docentes.  Los maestros, en su mayoría, desconocen si efectivamente sus estudiantes están consolidando aprendizajes o no.

En este ciclo escolar, las modalidades de educación a distancia han sustituido algunas importantes actividades que desarrollan los docentes en la escuela, pero es indiscutible que los niños han perdido muchas oportunidades de aprendizaje.  Tristemente, mi lectura de las proyecciones de contagios y casos de COVID-19 en el país, es que el tema no se resolverá pronto y que faltan muchos días y meses para que los niños puedan volver de forma segura a su escuela.  De manera que, la educación a distancia será la alternativa educativa más segura por un largo tiempo.  Al pensar en educación a distancia a largo plazo, es importante enfocarse en aprendizajes y no en la entrega educativa.  Por tanto, es imprescindible estudiar las nuevas variables que están afectando aprendizajes y potencializarlas. En lugar de seguir haciendo lo mismo que hemos hecho en las aulas en un formato virtual.  

Si nos enfocamos en el formato de entrega, sin pensar en aprendizajes, se acrecentará la inequidad educativa del país porque hay quienes tienen un dispositivo por niño y continúan pagando colegiaturas, pero hay muchos niños que no han tenido acceso a tele ni a radio y mucho menos a internet por cinco meses.  Ciertamente, llevar a la maestra a medios de entrega que lleguen a la mayoría de los hogares guatemaltecos es un reto.  Pero, mi propuesta es pensar en potencializar lo que muchos estudiantes si tienen en la segunda escena. Por ejemplo: a) sus padres, b) lecciones en la tele y radio, c) medios impresos de distribución masiva (periódicos, empaques, etc.), y d) tiempo para aprender.

La situación es tan nueva que hay muy pocos estudios sobre cómo potencializar estas nuevas variables que afectarán el aprendizaje de los niños.  Pero aquí hay algunos puntos que podemos pensar si se trata de cambiar el enfoque de educación a distancia.

1.     El enfoque debe estar en aprender y no en hacer.  

El objetivo de la educación es y ha sido siempre que los estudiantes aprendan y no que los docentes enseñen o que los estudiantes estén ocupados. Por tanto, es imprescindible enfocar los esfuerzos en lograr aprendizajes y no en hacer un montón de tareas o actividades novedosas, pero poco efectivas. 

Relacionado con esto, tiene más sentido formar a los docentes y padres (si lo desean) en estrategias para lograr aprendizajes con lecciones cortas y efectivas que pueden hacerse tanto presencial como virtualmente, que saturarlos de herramientas sofisticadas para hacer lecciones bonitas en internet, pero poco efectivas. De la misma forma, tiene más sentido buscar mecanismos para retroalimentar a los estudiantes sobre las dificultades de sus tareas, en lugar de coleccionar trabajos para justificar una calificación o la aprobación de grado.  

  • Es necesario potenciar el rol de los padres.  

Los padres están haciendo un trabajo de gestión educativa, de docencia y evaluación en sus hogares.  Son ellos quienes distribuyen los recursos, facilitan el acceso a las clases virtuales, y organizan horarios de estudio, tiempo de juego, y tareas del hogar de los niños.  La creencia y recomendación de las escuelas de que los niños pequeños planifiquen su horario para recibir sus clases y hacer sus tareas es falsa.  La gestión de recursos depende en gran medida de eso: recursos.  Además, los padres son quienes resuelven dudas de las tareas, y las corrigen en la medida de sus posibilidades.  Es urgente potenciar estos roles de los padres.  Es irreal pensar que el docente hará todo en la distancia.  Eso no significa trasladar la tarea docente a los padres, sino darle las herramientas para que los estudiantes no dejen de aprender. Por ejemplo, muchos aprendizajes se pueden consolidar a través del juego.  Dar a las padres opciones de juego con sus hijos o entre hermanos puede ser una forma de potenciar su rol en educación a distancia.

  •  Las lecciones en horario escolar por zoom (o el dispositivo que sea) no son efectivas

Hace unas semanas escuchamos la noticia del maestro Lalito que visita los hogares de sus estudiantes de sexto primaria para no descontinuar sus clases.  A pesar de que la noticia enfocaba en la creatividad del profesor Lalito para elaborar un bicitaxi con pizarrón y la voluntad para recorrer largas distancias, realmente, lo maravilloso del maestro Lalito es su entendimiento que para lograr aprendizajes debía dar lecciones individuales a cada niño para lograr aprendizajes.  Las lecciones por zoom o por la tele o por la radio que duran 40 minutos al grupo completo de estudiantes no consiguen atención activa de los estudiantes.  En el caso de mis hijos, las lecciones provocan mal humor, aburrimiento, y frustración, pero no aprendizaje.  Es importante que el modelo se traslade a lecciones en grupos pequeños y lecciones cortas.   Luego los niños pueden profundizar y practicar en su propio tiempo, pero no pretender que tras un dispositivo los niños prestarán la misma atención que en las aulas.  En los pequeños grupos, los docentes también pueden retroalimentar a los estudiantes sobre sus tareas de mejor manera.

La moraleja de esta historia es que la vida cambió y no por un tiempo corto.  No es posible seguir haciendo las cosas de la misma forma, o tratar de replicar la escuela en el internet o en la tele, porque no podemos pretender que todo sigue igual y que simplemente trasladamos la entrega educativa a un dispositivo.  Hay variables que cambiaron la forma en que los niños están aprendiendo.  Necesitamos repensar la entrega educativa a distancia enfocada en lograr aprendizajes. Ya no es posible seguir perdiendo el tiempo, porque caeremos en un retroceso educativo.

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Reflexiones de una investigadora

El peligro de no investigar en educación es una condena al atraso

En comparación con otros países del mundo, Guatemala tiene muy pocos científicos (Unesco, 2017).  Asimismo, de los pocos guatemaltecos que realizan investigaciones científicas en Guatemala, hay muchos menos que investigan en el área de educación.  Yo soy una de las pocas que tiene el invaluable privilegio de haberme formado en investigación educativa y dedicarme a ella a tiempo completo. Me atrevo a decir que conozco personalmente a todos los investigadores educativos del país.  Así de reducido es el número. 

Además de haber muy pocos investigadores educativos en Guatemala, es difícil reclutar nuevos.  Cada vez que inicio un curso universitario, pregunto a mis estudiantes de postgrado: ¿Por qué estudian una maestría o doctorado en educación? Y, tristemente nunca algún estudiante me ha respondido que la razón sea el deseo de convertirse en investigador educativo.  En su mayoría, las razones para estudiar una maestría o doctorado que he escuchado se refieren a mejores oportunidades laborales o un deseo altruista de mejorar su práctica docente.  Aunque las anteriores razones son completamente válidas y las aplaudo, no deja de ser preocupante el desinterés de los nuevos profesionales por investigar.  Mis cursos son considerados difíciles para los estudiantes porque, a pesar de ser cursos de postgrado, pocos de ellos han leído, participado o realizado investigaciones rigurosas durante su trayectoria académica. 

Es que, las universidades guatemaltecas carecen de un sistema que propicia que los estudiantes investiguen desde el pregrado hasta un doctorado. La primera limitante es el acceso a revistas académicas actualizadas.  Aunque un par de universidades han hecho esfuerzos por superar esta barrera, no todas proveen el servicio para acceder artículos recientes.  Esto deja a los estudiantes con la alternativa de buscar artículos de libre acceso en la internet, los cuales son mínimos o desactualizados.  Por otro lado, las publicaciones académicas recientes se escriben, en su mayoría, en inglés, agregando una dificultad para leer investigación en Guatemala.

La segunda limitante es la falta de acompañamiento para que los estudiantes de educación investiguen durante su programa universitario.  Muy frecuentemente, la tesis es la única oportunidad de investigar y de escribir artículos académicos que tienen los estudiantes durante su programa de estudios. Y, lamentablemente los protocolos estrictos para proponer investigaciones de las universidades encasillan a los estudiantes y sus asesores en el formato del documento, perdiendo así la oportunidad de ser vista como una forma de generar nuevo conocimiento científico. 

A pesar de contar con tan pocos investigadores, en Guatemala se produce investigación educativa.  El Ministerio de Educación de Guatemala a través de DIGEDUCA, organismos internacionales y centros de investigaciones educativas de universidades son algunos que producen investigación importante para informar la práctica educativa y la política pública. Sin embargo, la investigación producida en Guatemala aún es limitada y hace falta trabajo no solo para publicar más investigaciones sino también para facilitar su acceso y comprensión y así lograr que esta incida en la práctica educativa.

Y es que, para que una investigación incida en la política pública y en la práctica educativa, deben cumplirse los siguientes requisitos según Baker y Linn (2004): 1) los resultados se reportan de forma precisa, 2) los resultados se interpretan en forma válida, 3) los interesados comprenden los resultados y tienen interés de usarlos, 4) existen alternativas para mejorar la situación educativa, 5) los educadores están dispuestos a actuar y tienen capacidad para implementar una intervención y 6) las acciones implementadas provocan una mejora en los aprendizajes de los estudiantes (Baker & Linn, 2004).  Como se puede ver en las sugerencias de Baker y Linn (2004), la incidencia de la investigación educativa es una cuestión de dos vías.  Por un lado, la posibilidad de generar nuevas investigaciones en el país, y por el otro, el interés en ellas y la capacidad de usarlas. 

El propósito de este post es tratar de romper el círculo vicioso entre la limitada investigación educativa nacional y el interés de la comunidad educativa en basar sus prácticas en evidencias actualizadas y de preferencia producidas en el país. A pesar de que en Guatemala se están produciendo investigaciones constantemente por algunos investigadores, hay que reconocer qué nos hace falta para facilitar la comprensión de los resultados y generar un interés por ellas.  Sin embargo, también hace falta que la comunidad educativa reflexione constantemente en sus prácticas educativas de forma crítica y se convenza de que siempre se puede mejorar. Y, lo más importante que las propuestas para mejorar se basen evidencias científicas que las sustenten.  De lo contrario, la educación de Guatemala estará condenada al atraso, a errores, a prácticas arcaicas y a decisiones incorrectas, a pesar de las buenas intenciones y la labor altruista de todos los educadores.

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Reflexiones de una mamá maestra

¿Cuándo se volvió tan difícil contar casos?

Vivo en Guatemala.  Hoy día, 28 de junio de 2020, se reportan 16,930 casos totales de COVID-19 en el país, de los cuales 13,049 son casos activos, 3,152 son casos recuperados y 727 son casos fallecidos.  Dos de los casos fallecidos, son personas que murieron por causas ajenas al COVID-19 pero que habían tenido la enfermedad. Sin embargo, en las últimas semanas las redes sociales han evidenciado desfases en el conteo reportado por las autoridades de salud del país.  Por ejemplo, el 15 de junio varios usuarios de twitter demandaban explicación por 50 casos que no cuadraban entre varios reportes oficiales.  De igual forma, el 26 de junio hubo controversia por 800 casos del conteo que no pertenecían al conteo de ese día.   La confusión en el reporte de los datos ha provocado incredulidad en las cifras “oficiales” de contagio de la enfermedad.   En Facebook he leído denuncias de casos que no son reportados por los laboratorios privados a las autoridades de salud y por tanto no contabilizados en los datos oficiales.

Contar elementos en un conjunto es una de las habilidades numéricas más básicas. Sin embargo, si consideramos la controversia por el conteo de los datos recientemente en Guatemala, pareciera que contar es la tarea más difícil a la que se han enfrentado algunos en esta crisis. Puede ser que la causa de los datos imprecisos sean una decisión mal intencionada de alguna o algunas personas, como se afirma en las redes sociales.  Pero, tomando como referencia los indicadores educativos de matemática de Guatemala, yo tengo la hipótesis que la deficiencia en la habilidad para contar está altamente relacionada con la educación preescolar. Además, tengo la hipótesis que arrastramos las deficiencias en habilidad numérica, incluso, hasta enfrentarnos con la tarea de crear tablas de datos para generar estadísticas descriptivas, entre otros análisis.

La habilidad de asociar una cantidad con un número, así como la habilidad de subitización están entre las habilidades más importantes, que, según la literatura, se deben aprender en la educación preescolar.  La habilidad para subitizar es la capacidad que tienen las personas para reconocer cantidades pequeñas a golpe de vista y sin necesidad de contar.   Un ejemplo en el que utilizamos esta habilidad es cuando jugamos dominó.  Por lo general no tenemos que contar cada elemento de la ficha para saber que es un 6 o un 4, lo hacemos a golpe de vista. Esta habilidad introduce la idea de cardinalidad en los niños entre 3 y 6 años.  La cardinalidad de un conjunto finito es simplemente el número de sus elementos.  Sin embargo, desde la enseñanza en preprimaria a la creación de a tabla de casos de COVID-19 en el país, la dificultad está en la definición de las características de los elementos de cada conjunto.  

Tomaré como ejemplo, dos páginas del libro de texto de mi hijo de 4 años. Ahora que llevo más de 100 días de mamá maestra, he tenido oportunidad de conocer los textos de mis hijos a profundidad. La primera página que mostraré es una típica de casi el 40% del libro y muestra el enfoque tradicional de preprimaria para desarrollar el concepto de cantidad y número.  Es decir, aquellas páginas en las que los niños deben asociar el número-numeral utilizando imágenes creativas y llamativas. O bien, aquellas que promueven actividades grafo motoras, artísticas o de percepción de las diferencias entre elementos. En el libro de texto de mi hijo de 4 años hay exactamente 3 páginas de 119 en total donde mi hijo debe contar elementos con imágenes, preciosas pero confusas, y ninguna donde se practica la subitización.  En el mismo texto, hay 25 páginas con planas de los números del 1 al 20.

Por otro lado, cuando se trata de pertenencia a un conjunto, los libros de texto presentan imágenes que combinan muchas características cuestionables sobre los elementos de un conjunto.  En la segunda imagen, tomada del mismo libro de texto, mi hijo debe inferir en el primer conjunto que los crayones son útiles escolares y la pelota no. En el segundo que el carro y el bus son transportes y la flor no y pintar el elemento que no pertenece.  Pero, bien pudiera un niño clasificar todos los elementos como juguetes, en cuyo caso no habría ningún elemento fuera de lugar. Dicho de otra forma, cualquiera sea la interpretación de las imágenes, el conteo será diferente.

A close up of text on a whiteboard

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Cuando este mismo concepto se transfiere a datos para elaborar estadísticas o modelos matemáticos, el problema es el mismo. Definir quién pertenece al conjunto de los contagiados y al de los recuperados es el asunto. De la pertenencia o asignación de variables dependerá el conteo.   Por tanto, la transparencia para reportar los protocolos para contar o no en cada una de las clasificaciones, la hora cierre de conteo, entre otros aumentarían la confiabilidad y validez de los datos que se reportan y contar no se percibiría tan difícil.

En conclusión, aunque he planteado la problemática del conteo de casos del COVID-19 como una consecuencia dramática de los comienzos deficientes de los guatemaltecos en matemática, la moraleja de la historia es que es urgente que las preprimarias empiecen a enseñar habilidad numérica con metodologías basadas en evidencia y no en la falsa idea que el propósito de la preprimaria es que el niño “juegue o se entretenga”.   Sino en una etapa crítica para sentar las bases de competencias básicas para la vida, como lo son la competencia numérica, la lectura y la escritura.  Es cierto, también que en la preprimaria se desarrollan los hábitos de convivencia social, el gusto por el arte, la motricidad entre otros.   Pero, descuidar aspectos importantes como el descrito en este artículo en cuanto a las bases matemáticas por priorizar actividades de motricidad o arte, puede luego resultar no solo en bajos niveles de desempeño en las competencias, sino también en menor calidad de vida para los ciudadanos.  No es noticia nueva que los ciudadanos con menos competencias en el país son los más vulnerables. En tiempos de crisis como la de ahora, esta relación no podría ser más evidente.

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Papás invocando a Sócrates

En el último artículo que escribí, argumentaba sobre la capacidad que, como consecuencia de la pandemia, tenemos ahora los padres de familia para observar las clases de los docentes.   Asimismo, ahora tenemos la capacidad de monitorear y verificar, en nuestro rol de padres docentes, el aprendizaje de nuestros hijos. 

Al final del artículo, lancé un par de preguntas abiertas donde indagaba sobre los métodos que los padres y docentes utilizan actualmente para verificar que los niños estén aprendiendo desde sus casas.  En las últimas dos semanas he recibido respuestas de treinta y tres personas.  Entre las personas que respondieron, 90% son padres que están fungiendo como docentes de sus hijos actualmente. De ellos, 33% también son docentes que están enseñando virtualmente a sus estudiantes.  

Las respuestas fueron fascinantes de leer. Hubo un par de padres que respondieron que no sabían si sus hijos estaban aprendiendo; ellos simplemente confiaban en la calificación de la maestra.  Otros padres respondieron que asumían que había aprendizaje si sus hijos completaban sus tareas; aún más si las completaban sin ayuda.  Sin embargo, la mayoría de los padres y docentes respondieron que utilizaban alguna forma de cuestionamiento (preguntas y respuestas) para verificar que sus hijos o alumnos están aprendiendo. “Les hago preguntas relacionadas con los temas que están aprendiendo” y “realizo preguntas cuando me entregan los trabajos finalizados”, fueron algunas de sus respuestas.

La evidencia ha mostrado que, después de las clases magistrales, las preguntas, son el método más utilizado por los docentes para enseñar (Cotton, 1988).  A pesar de la frecuencia de uso, la destreza de preguntar es un arte. Aquellos docentes que llegan a dominar el arte de las preguntas y respuestas en el aula logran los mejores aprendizajes de sus alumnos (Arslan, 2006).  

Los psicometristas, incluyéndome, pasamos la vida estudiando a profundidad las preguntas de las pruebas, así como las respuestas que los estudiantes dan a cada una.  Creamos modelos matemáticos para argumentar que una persona tiene cierta habilidad o rasgo basándonos en el baile entre las preguntas que lanzamos y las respuestas que obtenemos.  Así que, saber que los padres están en la misma pista de baile que los docentes fue emocionante. A la vez, en mi rol de madre, docente y psicometrista sentí la responsabilidad de dar algunas recomendaciones para que los padres incursionemos en el arte socrático de cuestionar a nuestros hijos cada vez mejor.

Preguntas de bajo y alto nivel cognitivo

Existen diferentes tipos de preguntas.  Las diferencias están en el nivel cognitivo que requiere de los estudiantes para responderlas.  Las preguntas de bajo nivel cognitivo son aquellas que únicamente demandan que los estudiantes recuerden información para producir la respuesta.  Por ejemplo: ¿En cuántos departamentos está dividida la república de Guatemala? Se sabe que los docentes realizan este tipo de preguntas al menos 60% de las veces durante sus clases (Cotton, 1988).  Las preguntas de alto nivel cognitivo son aquellas que invitan a los estudiantes a usar la información que adquirieron previamente para producir o argumentar la respuesta.  Por ejemplo: ¿En qué basas esa opinión? o ¿En cuáles casos crees que aplica esa regla? Se sabe que los docentes realizan este tipo de preguntas 20% de las veces en sus clases (Cotton, 1988).   

No hay evidencia que soporte que un tipo de pregunta sea mejor que otra porque ambas pueden ser efectivas para distintos propósitos. Por ejemplo, en primaria, las preguntas de bajo nivel cognitivo ayudan a que los estudiantes adquieran conceptos básicos.  De forma similar, se sabe que, en la secundaria, las preguntas de alto nivel cognitivo facilitan mayores progresos en los aprendizajes de los estudiantes. Sin embargo, en los grados inferiores limitar las preguntas a aquellas de bajo nivel cognitivo puede producir un estancamiento en el aprendizaje, ya que los estudiantes no tienen oportunidad de utilizar la información que van aprendiendo.  En conclusión, cada tipo de pregunta produce beneficios en diferentes situaciones.  Como dije anteriormente, saber usar cada tipo de pregunta para apuntar a las necesidades de cada estudiante, es un arte.

¿Qué debemos hacer y qué no debemos hacer al usar este método con nuestros hijos y alumnos?

En el arte de preguntar, no hay nada escrito en piedra.  Aquí algunas recomendaciones de lo que si debemos hacer y lo que no. Después de todo, mientras seamos maestros de nuestros hijos, debemos mantener la buena relación con ellos.

Lo que si Lo que no 

(Arslan, 2006; Cotton, 1988)

(Wragg, 2001)
Hacer preguntas de bajo y alto nivel cognitivo

Plantear las preguntas de forma tan clara como sea posible

Corregir las respuestas incorrectas, si el tipo de pregunta tiene una respuesta correcta

Retroalimentar la respuesta de los niños cuando la pregunta no tiene respuesta correcta ni incorrecta. 

Dar tiempo suficiente para que el niño responda
Hacer demasiadas preguntas a la vez

Hacer una pregunta y responderla usted mismo

Hacer preguntas solo a los alumnos más brillantes o agradables

Hacer una pregunta difícil demasiado pronto en la secuencia de introducir nuevos temas

Hacer preguntas irrelevantes

Hacer siempre los mismos tipos de preguntas 

Hacer preguntas con tono amenazante

No dar tiempo a los niños para pensar la respuesta

No corregir las respuestas incorrectas

Ignorar las respuestas de los niños
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Cuando los padres se convierten en juez y parte

Los padres aspiramos a la mejor educación de nuestros hijos. En el caso de quienes somos privilegiados para poder elegir una institución privada, la seleccionamos influenciados por nuestros antecedentes sociales, nuestros ingresos, el plan de estudios que ofrece la escuela, las instalaciones escolares, el desempeño escolar, la calidad de los docentes y la distancia entre la escuela y nuestra casa (Yaacob, Osman, & Bachok, 2014).  Sin embargo, a menos que seamos exalumnos de la institución escolar, rara vez tenemos evidencia suficiente para juzgar la calidad de la institución educativa de nuestra preferencia, incluyendo la calidad de sus docentes.  Por lo regular, es hasta que nuestros hijos comienzan a dar muestras de sus aprendizajes y empezamos a compararlos con otros niños, que empezamos a evaluar si la institución cumple nuestras expectativas o no.

Aquellos padres que no tienen el privilegio de elegir la institución a la que asistirán sus hijos porque no hay otra opción en la localidad (por cierto, la mayoría de los padres del país), de igual forma toman una decisión: la de enviar o no a sus hijos a dicha escuela.  Los padres esperan que, sus hijos muestren aprendizajes como producto de asistir a la única escuela de la comunidad, tal como esperamos nosotros que tuvimos el privilegio de elegir una.

En cualquiera de los dos escenarios, es indiscutible que una escuela de calidad es juzgada como buena cuando sus estudiantes aprenden en un ambiente placentero.  Los padres notamos y nos entusiasmamos cuando nuestros hijos empiezan a lograr aprendizajes relevantes, como leer y escribir, aprender otro idioma, cálculos importantes y cuando nos afirman que les gusta ir al colegio.  Pero ¿qué pasa cuando no hay aprendizaje en la escuela? Desde hace unos años, cuando empezaron a evaluarse las instituciones educativas con las pruebas estandarizadas del Ministerio de Educación, se evidenció que muchos niños no están aprendiendo o están aprendiendo muy poco en las escuelas y en los colegios privados.  Aquellos colegios que obtienen los mejores resultados en dichas evaluaciones han ganado cierto prestigio, que para bien o para mal, da cierta confianza a los padres de que la escuela cumple las expectativas educativas que tenían para sus hijos.

Lo que rara vez nos damos por enterados los padres de familia, es del valor agregado que las variables que influenciaron nuestra decisión para elegir la escuela o enviarlos a la única escuela de la localidad, descritas al inicio del artículo, explican en gran medida el rendimiento de nuestros hijos su vida escolar.   ¿Cómo? La respuesta es simple. El capital cultural de los padres, es decir, su nivel académico, los libros que se tienen en casa, la exposición a conocimiento como el teatro, el cine, el internet, etc., sumado con el grado de involucramiento que los padres tengan en el aprendizaje de sus hijos, determinará en gran medida su rendimiento escolar.  Sin embargo, a pesar del grado de involucramiento que tengamos, rara vez cuestionamos la calidad de los docentes o la calidad de la institución en general, después de todo nosotros la elegimos.  Por el contrario, los padres con altas expectativas de sus hijos y de la institución brindan los soportes necesarios para que sus hijos superen las dificultades sin cuestionar la metodología con la que los docentes están enseñando.  Tristemente, cuando los padres no tienen posibilidades de brindar soportes, ni otra opción de escuela a donde mover a sus hijos, optan por retirarlos.  De allí los altos niveles de deserción de los países en vías de desarrollo.

Pero desde hace 70 y pico de días, en que los padres nos hemos vuelto los maestros de nuestros hijos siguiendo los lineamientos de sus verdaderos docentes, hemos observado en vivo y con lujo de detalles las metodologías con las que los docentes utilizan para educar.  Y, entonces, inevitablemente juzgamos la eficiencia de dichas metodologías para implementar educación a distancia.  Dicho de otra forma, esta pandemia les dio oportunidad a los padres de verificar si haciendo exactamente lo que la maestra sugirió permitió que su hijo aprendiera o no.  Y si, el logro o no logro de aprendizaje se debe a la calidad educativa de la escuela y sus docentes o a la capacidad de nuestros hijos. Asimismo, la educación a distancia nos ha permitido a algunos padres modificar la instrucción de la maestra, poniéndole de nuestra sazón, como si fuéramos un tutor que conoce profundamente a su estudiante y que sabe cómo hablarle y que recursos utilizar para que pueda aprender.  También los padres podemos decidir la frecuencia con que los niños practican los temas, leen, revisan su trabajo, etc. en casa. Esto participación directa en el aprendizaje de nuestros hijos nos da un rol de juez y parte en la institución educativa de nuestros hijos.  Indiscutiblemente, evaluaremos el próximo reporte de calificaciones de nuestro hijo o hija, con un ojo crítico muy diferente del que teníamos hasta antes de la pandemia.

De este fenómeno surgen preguntas de investigación educativa como: ¿de quién es la responsabilidad del aprendizaje de nuestros hijos ahora? Con certeza, no es solamente de la escuela, ya que nosotros como padres tenemos bastante que ver con que nuestros hijos aprendan.  ¿Cuál es realmente el valor agregado de la escuela y cuál es el de los padres?  Las escuelas están haciendo su parte, pero el capital social, económico y cultural de los padres juega un papel mucho más determinante en el aprendizaje de los niños ahora más que nunca.

¿Están aprendiendo todos los niños igual? Si cada niño tiene un tutor personal no debiera esperarse el mismo aprendizaje de todos los niños.  ¿Qué aspectos del entorno del hogar del niño hacen la diferencia?  Habrá que determinar las prácticas que tienen los padres de niños que logran más aprendizajes en esta modalidad. Finalmente, la pregunta más controversial que he visto en las conversaciones con otros padres, ¿debieran los colegios cobrar igual por la educación de nuestros hijos? Después de todo, gran parte del trabajo ya no se lleva a cabo en las escuelas. Estas preguntas son preguntas de rendición de cuentas de las escuelas y de calidad educativa donde los padres tienen un rol muy por encima del que teníamos antes del COVID-19.  

Siempre termino mis artículos con alguna recomendación que me haya funcionado como mamá maestra. Pero esta vez quisiera finalizar con una pequeña encuesta.  Si tienes 1 minuto más responde estas 4 preguntas en:  https://forms.gle/gFfnsFX6by2P78Gh7 , te lo agradezco. Tus respuestas contribuirán para empezar a responder algunas de las inquietudes expuestas en este artículo.

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Reflexiones de una mamá maestra

Detener el retroceso y continuar aprendiendo

Este fin de semana leí que la crisis del COVID-19 resultaría en el mayor retroceso en educación del último siglo (Reimers, 2020).  Según el director de la ONU, António Guterres, los más afectados, tanto de la pandemia como de las medidas de mitigación, son las poblaciones vulnerables y sobre todo los niños.  Los niños están siendo afectados por la falta de educación, falta de alimentación, poco acceso a salud y la violencia intrafamiliar.  Todos estos problemas son producto de la pobreza que la pandemia está dejando en las familias de casi todos los países del mundo.

A pesar de los enormes esfuerzos que los gobiernos están realizando para entregar alimentación escolar y educación a distancia a los niños, millones no tienen oportunidades de aprender debido a las limitaciones de acceso que no se han resuelto por muchos años en los países en vías de desarrollo. Para ser precisos, más de 156 millones de estudiantes están fuera de la escuela solo en América Latina debido al coronavirus (ONU, 2020).  El internet está siendo un medio para entregar educación a la población con mayor nivel socioeconómico, pero esta no constituye una solución para los más pobres.  Los gobiernos han optado por utilizar otros medios como la televisión y la radio para entregar educación a distancia. Pero esta modalidad requiere que los estudiantes reciban material impreso donde puedan practicar y estudiar las clases transmitidas por televisión, lo cual también constituye un reto.   

Desde los años noventa se ha sabido que interrumpir las clases de los estudiantes tiene un efecto negativo en el aprendizaje de competencias básicas como lectura, matemática y escritura (Cooper et. al, 1996).  No solo los niños no están aprendiendo nuevas destrezas, sino que, se sabe que los niños olvidan, retroceden o desaprenden aquéllas en las que ya habían avanzado.  Aún más, aquellas destrezas que requieren conocimiento factual o de procedimiento, y que, por consiguiente, requieren mucha práctica para consolidarse, son en las que mayor retroceso se observa.  Por ejemplo, hay mayor pérdida en ortografía y matemática que en comprensión lectora porque la comprensión lectora es más conceptual.  Sin embargo, esto no quiere decir que no haya pérdida en comprensión lectora, sino que es menos pronunciada que en matemática.      

Por lo anterior, puedo entender por qué Reimers argumenta contundentemente que será el mayor retroceso educativo del siglo. Actualmente los niños, incluyendo mis hijos de 4, 7 y 9 años, que no están yendo a la escuela y están recibiendo de limitada a ninguna educación a distancia, muy posiblemente, están desaprendiendo o retrocediendo en algunas competencias.  El efecto de estar sin educación tanto tiempo debido a la cuarentena, no solo produce falta de aprendizaje, pero hay quiénes afirman que resultará en otros importantes problemas sociales como: 1) más niños que no regresarán a la escuela, 2) más niños expuestos a violencia intrafamiliar, 3) mayor desnutrición, y 4) mayor mortalidad infantil, por mencionar algunos.

Tristemente, para los niños que tienen acceso a internet y a una impresora, la educación en línea no garantiza que estén avanzando igual a que si estuvieran en sus aulas.  Llevo dos meses en cuarentena y he sido testigo de la varianza en las capacidades de los docentes de mis hijos para entregar educación a distancia a través de internet. Las capacidades tecnológicas de los docentes varían de aquellos que tienen claridad de cómo utilizar el internet para lograr aprendizajes, a aquellos que nunca habían participado en una videollamada o habían abierto un correo electrónico. Aún peor, las instituciones educativas han puesto en evidencia que atienden a nuestros hijos con metodologías arcaicas e improductivas como “llenar el libro de texto” para poder tener algo que calificar este semestre.

Hay que reconocer que las deficiencias no son culpa de nadie y a la vez son culpa de todos nosotros. Nadie podía estar preparado para esta pandemia y, a su vez, pareciera que la vida nos cobrara que el sistema educativo siga siendo deficiente después de tantos años de saber cómo aprenden mejor los niños. Pero, mientras no se pueda regresar a clases sin contagiarse ni contagiar a otros, los niños seguirán fuera de la escuela. Yo seguiré siendo la mamá maestra, igual que los millones de mamás en el mundo, y las verdaderas maestras de nuestros hijos seguirán decidiendo qué calificar en las tareas que envían en línea. De la misma forma, los niños sin acceso a internet continuarán con suerte recibiendo lo que un grupo de expertos considere importante a través del periódico, la televisión y la radio.

Escribo este post para motivarnos a no permitir un retroceso educativo. No lo permitamos como padres de nuestra pequeña aula multigrado en casa, ni como ciudadanos. Tal como las escaleras de la imagen, nos tomará más tiempo llegar a la cima. Pero lo importante es no dejar de avanzar, aunque solo sea un escalón a al vez.

Aquí algunas sugerencias de lo que podemos hacer para que nuestros hijos y los niños de las naciones sigan aprendiendo: 

  1. Priorizar las competencias básicas: lectura, escritura y matemática.  No es posible ni necesario tratar de cubrir contenidos de todas las materias del currículo; algunas cosas pueden esperar. En cambio, la práctica de lectura, matemática y escritura no se debe suspender. Priorizar supone más tiempo para practicarlas diariamente. 
  2. Proveer diferentes recursos para leer en casa, así como para practicar conceptos matemáticos y escritura.  El periódico es un buen recurso para llegar donde el internet no llega. Sin embargo, también pueden llegar recursos para practicar en los empaques de productos básicos, los envases de agua, etc. Algunas empresas pudieran poner un grano de arena a la educación del país con esta iniciativa.
  3. Retroalimentar los errores de forma tan inmediata como sea posible.  Corregir errores de aprendizaje de forma oportuna ayudará a que los alumnos no retrocedan en sus conocimientos. Algunos hermanos mayores pueden involucrarse en esto.  Sin embargo, es importante que los recursos que se desarrollen incluyan formas de verificar las respuestas correctas de los ejercicios.
  4. Promover el juego en familia.  El juego no solo desarrolla vocabulario, también desarrolla habilidades motoras y socioemocionales.  Además, juegos tradicionales como el dominó, los juegos con dados, los juegos que involucran conteo y suma de puntos ayudan a desarrollar el sentido numérico de los más pequeños de la casa. 
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Evaluación en línea: no perdamos de vista la validez y la confiabilidad

En tiempos “normales”, es decir, cuando no vivíamos el encierro del COVID-19, los docentes evaluaban a nuestros hijos en sus aulas y tomaban decisiones con base en dichas evaluaciones, incluso tan frecuentemente como un tercio del tiempo de clase (Stiggins, 1992). Hasta hace más o menos un mes, cuando recibíamos una calificación, la responsabilidad de esta era totalmente de nuestro hijo o hija y confiábamos ciegamente en el juicio de su maestro. En el mejor de los casos, los docentes evaluaban para mejorar su enseñanza y para retroalimentar sobre los aprendizajes de nuestros hijos.  En el peor de los casos, evaluaban para disciplinar o motivar a conductas socialmente aceptables en el aula.  Cualquiera que haya sido la razón de la evaluación, nuestros hijos se examinaban relativamente bajo las mismas condiciones en su salón de clase y los docentes tenían el control de las condiciones de evaluación.  Indudablemente, todo eso ha cambiado abruptamente con la llegada del COVID-19.

Con la implementación obligada de educación a distancia, los docentes continúan teniendo la responsabilidad de reportar calificaciones de nuestros hijos con base en tareas y evaluaciones que se realizan en casa.  Algunos docentes han optado por solicitar videos y fotografías de nuestros hijos para tener alguna evidencia que sustente la calificación.  También se han popularizado las compañías que ofrecen software para elaborar pruebas a través de internet. Luego, como el monito del meme (entrego total crédito del autor), cuando recibimos la calificación en una tarea o evaluación, sentimos que la “nota”, mala o buena, es tanto mérito de nuestro hijo como nuestro en el rol de mamá/educadora.  

A pesar de que el meme de la mamá monito nos cause risa, pone en evidencia cuestiones básicas de evaluación en el aula virtual: la validez y la confiabilidad.  No dejamos de preguntarnos si ¿son válidas las calificaciones de las evaluaciones que los niños han hecho en casa, cuando ha sido la madre la que enseñó, pero la maestra la que evaluó?  ¿Fueron claras las expectativas de la tarea para la madre y para nuestros hijos? ¿Hay acuerdo entre la maestra y la madre en la calificación otorgada al hijo? Después de todo, una tuvo el control de la enseñanza y la otra de la evaluación. Entonces, ¿cuál es la forma más recomendable de evaluar a distancia?  Para responder a estas preguntas, es necesario volver a las cuestiones básicas de evaluación, las cuales no se deben perder de vista a pesar del uso de tecnología.  Después de todo, la evaluación en principio provee información para tomar decisiones. Si esta es errónea, la decisión sobre el aprendizaje del niño será la incorrecta. Aquí algunas reflexiones sobre evaluación a distancia partiendo de los principios básicos de evaluaciones de calidad.

Definir el propósito de la evaluación

Quizá la pregunta más importante a responder al evaluar es ¿para qué se va a evaluar? La respuesta más obvia es la necesidad de reportar una calificación que luego servirá de base para la promoción (razón sumativa).  Pero hay al menos dos razones más profundas y de carácter formativo para evaluar en tiempos de educación virtual:

  1. Para mejorar la instrucción a distancia.  Dicho de otra forma, una razón poderosa para evaluar debe ser para determinar si los alumnos están aprendiendo con la herramienta en línea seleccionada.
  2. Para informar sobre las expectativas de aprendizaje a padres y alumnos. La evaluación es la forma más concreta de informar sobre expectativas de aprendizaje a los usuarios, en este caso padres y alumnos.  Cuando se muestra un ítem de evaluación, este se convierte en una herramienta poderosa de enseñanza.

Definir qué evaluar

Además del propósito de evaluación, es importante entender, definir y comunicar claramente qué se va a evaluar.  En la mayoría de los contextos educativos, los docentes evalúan resultados relacionados con adquisición de conocimientos, pensamientos de alto nivel, comportamientos, productos, competencias y actitudes. Aquí algunos ejemplos:

¿Qué evaluar?EjemplosIndicador de logro
Conocimiento Contenidos de geografía e historiaNombra los ríos más importantes de Guatemala y su ubicación
Pensamiento de alto nivelResolución de problemas de matemática Realizar inferencias de un textoResuelve problemas reconociendo la operación aritmética a aplicar.
ComportamientosHacer una presentación sobre un temaDiseña una presentación y presenta sobre los ríos de Guatemala 
CompetenciasLeer, escribirLee 100 palabras por minuto.
ProductosReporte de investigaciónElabora un mapa donde muestre los ríos de Guatemala
ActitudesDisposición al aprendizajeTiene actitud de investigar más 

Es común que los docentes conozcan la generalidad de lo que se desea evaluar, pero la pregunta importante es  ¿cuál es el mejor indicador de que un alumno ha internalizado un contenido, logrado una competencia, etc, para el grado correspondiente. 

Definir la mejor herramienta en línea para que el niño muestre su aprendizaje

Hay diferentes formatos de evaluación, algunos más fáciles de implementar y comunicar que otros. También algunos formatos son más pertinentes para ciertos contenidos que para otros. Los más comunes son los exámenes, las evaluaciones de desempeño y la comunicación personal. 

Exámenes

Los exámenes son una forma muy común de evaluar en entornos presenciales.  Indistintamente del tipo de ítem usado en los exámenes, hay una creencia común de que son “objetivos” para otorgar calificaciones, pero esto depende mucho de la calidad del examen.  En entornos virtuales existen compañías que permiten elaborar exámenes, incluso con opciones de video para que la maestra pueda observar la interacción del niño con la computadora u otro material.  Sin embargo, es virtualmente imposible controlar que un alumno no haga trampa en un examen en línea sin un laboratorio.  De manera que, se ha cuestionado mucho la validez de los exámenes en línea. Pero no significa que no sea posible para propósitos formativos. 

Evaluaciones del desempeño

Las evaluaciones del desempeño solicitan que el alumno haga algo y luego el evaluador lo califica con base a criterios (rúbricas o listas de cotejo).  El secreto de esta evaluación radica en la calidad de los criterios seleccionados y en su capacidad para comunicar una tarea en específico. 

Comunicación personal

La comunicación personal en línea requiere que el docente y el alumno interactúen y el docente haga preguntas sobre la cuestión que desea evaluar y el alumno responda inmediatamente.  El docente luego registra si la respuesta dada por el estudiante es correcta o incorrecta.

A continuación, resumo algunas ventajas y limitaciones de los tres formatos de evaluación cuando se hace en línea.

HerramientasFortalezas en educación a distanciaLimitaciones en educación a distancia
ExámenesEs una forma eficiente e inmediata de evaluar y calificar. Permiten evaluar una gran cantidad de contenidoLas pruebas requieren de cierto conocimiento de elaboración de ítems para que estos permitan mostrar lo que sabe.   Requieren de un número suficiente de ítems para que la evaluación sea confiable Su desarrollo toma tiempo. No se puede controlar al 100% que el estudiante no haga trampa.   
Evaluaciones del desempeñoPermite que varios evaluadores emitan un juicio, incluso el estudiante o la madre.  Permite que el estudiante combine varias competencias adquiridas en el desarrollo de un producto.  El número de productos es limitado Requiere entrenamiento de quienes califican para lograr que sea confiable.
Comunicación personalFavorece la interacción uno a uno con los docentes Se puede profundizar en las respuestas del estudiante Toma tiempo porque requiere conversar con cada alumno uno a uno. Requiere una rúbrica de calificación o bien una lista de cotejo, así como y entrenamiento de quienes califican  

Evaluar la calidad de la evaluación

A continuación, algunas recomendaciones generales para determinar si la evaluación que realizaremos en línea tiene validez y confiabilidad.

Validez

La validez de las evaluaciones significa que la interpretación de su resultado es precisa con respecto a lo que se deseaba evaluar y con respecto a lo que el estudiante sabe y puede hacer.   Por ejemplo, si queremos evaluar que un estudiante incluya las partes de una carta al redactar una, y, al calificarla, el docente asigna el mayor peso de la nota a la ortografía de las palabras en la carta, entonces la calificación no se puede interpretar como la capacidad del estudiante para escribir una carta sino como la capacidad del estudiante para escribir sin faltas de ortografía. 

Una forma de evidenciar la validez de las evaluaciones en línea es comunicar claramente el propósito de la evaluación, así como los criterios de evaluación y calificación del producto tanto a los estudiantes y para los más pequeños a sus padres.  Es importante hacer esto todas las veces que se evalúa, y no recurrir a la consigna “tal como lo hacemos en clase” porque esto puede interpretarse de muchas formas.

Confiabilidad

La confiabilidad se refiere a la consistencia con la que un alumno demuestra que puede hacer algo o no.  Por ejemplo, si le solicitamos que reste números de tres dígitos a un niño de tercero primaria, y el niño logra hacerlo 9 de las 10 veces.  Podemos concluir que ha sido consistente en demostrar que lo puede hacer. Otra forma de evaluar consistencia es a través de que varias personas evalúen el desempeño o el producto de un mismo niño.  Por ejemplo, si la maestra y la mamá evalúan a la misma niña en el número de palabras por minuto que lee y ambas, la maestra y la mamá, llegan a resultados similares.  Entonces la evaluación puede determinarse como confiable.