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Reflexiones de una mamá maestra

Ciencia en el vecindario: una experiencia de intercambio de conocimientos en la comunidad

La mañana del 1 de octubre, cuando se celebra el día del niño en Guatemala y el día internacional del adulto mayor, siete niños y el abuelo de uno de ellos, todos del mismo vecindario, intercambiaron conocimientos de ciencia con otros niños en el parque Minerva de la ciudad de Guatemala en la actividad organizada por OWSD Guatemala y la Municipalidad de la ciudad. 

Los vecinos más pequeños mostraron el proceso químico para hacer burbujas caseras. «Tienes que colocar jabón de platos, un poco de champú de bebé, agua y azúcar» decía Joaquín de ocho años mientras mezclaba los ingredientes. «¿Por qué tienes que colocar azúcar?» le preguntó un participante de cuatro años. «Porque el azúcar hace que las burbujas se estiren más» respondió Pau de ocho años. Pau y Joaquín habían aprendido el proceso químico detrás de una burbuja gracias a Guayo, el abuelo de Pau y químico de profesión: 

Cuando soplamos la capa elástica formada de jabón, una corriente suave de aire forma la burbuja. Entonces, ocurre un fenómeno de tensión superficial en el que la burbuja está contrarrestando la presión atmosférica. Los componentes químicos del azúcar provocan que haya cohesión con el jabón y que cambien su densidad, volviéndolo más elástico (Guayo Robles- químico).

Los vecinos más grandecitos mostraron a los participantes cómo cambiar el color de una moneda a través de un proceso electroquímico. Julián, de 13 años, y Mateo, de 14, habían aprendido de Guayo cómo depositar un metal en otro. Las niñas de 11 y 12 años y Adrián de 10 decidieron mostrar el efecto inverso de la ley de Newton con almidón y agua. Daniela y Sarita prepararon una masa de almidón y agua que, al apretarla con las manos, mostró cómo se contrarrestan las fuerzas de repulsión y electroestática y, al soltarla, regresan a su posición y se deshace la cohesión. «Este efecto se debe a las fuerzas electroestáticas entre las moléculas del almidón y del agua», les explicó Guayo. 

Ciencia en el vecindario solo fue uno de más de una docena de exposiciones de ciencia donde se promovió el intercambio intergeneracional de conocimientos científicos de forma exitosa. Las iniciativas de intercambio de conocimiento intergeneracional han sido estudiadas en literatura diversa. Una buena parte ha estudiado el uso de tutoría intergeneracional en capacitaciones laborales. Desde la neurociencia, se ha encontrado que la mentoría intergeneracional estimula tanto al mentor como al aprendiz:

Los resultados de la investigación muestran que la mentoría intergeneracional puede ofrecer numerosas ventajas tanto a las personas involucradas en la relación (el mentor y el aprendiz) como a toda la organización. Por tanto, la mentoría intergeneracional parece ser una herramienta eficaz para compartir conocimientos, crear compromiso, desarrollar liderazgo y, ante todo, construir relaciones intergeneracionales basadas en la aceptación mutua” (Gadomska-Lila, 2020). 

Y es que, por mucho tiempo los educadores hemos sabido que aprender de formas no tradicionales como la experimentación pueden beneficiar mucho a los estudiantes en sus aprendizajes. También sabemos que las relaciones entre el tutor y los y las estudiantes propician mejores aprendizajes que las que son hostiles o «frías». Durante la pandemia, también aprendimos sobre tutorías intergeneracionales para no frenar aprendizajes en ausencia de las escuelas. Así que no hay sorpresa que la actividad haya sido tan exitosa. 

Sin embargo, ese día un matemático que se acercó con su pequeño hijo a nuestro centro de experimentos químicos me hizo un comentario que me hizo caer en cuenta sobre el verdadero sentido de la actividad. Él me dijo: «cómo me gustaría compartir en la escuela de mi hijo mi pasión por la matemática y todas las formas como me gano la vida haciendo matemática». Luego de aquel comentario, el matemático preguntó quién era el afortunado científico que compartía su pasión con los vecinos jóvenes de nuestra comunidad.

Aquel comentario me hizo pensar:

  • ¿Sabrán las escuelas el cúmulo de conocimiento que tienen los miembros de la comunidad educativa? ¿Cuántos químicos, músicos, matemáticos habrá entre los padres de familia, abuelos, hermanos, etc.? 
  • ¿Cuántas veces las escuelas propician espacios para compartir conocimientos intergeneracionales fuera de las interacciones entre docentes y estudiantes?
  • ¿Qué tal si tornáramos a las nuevas generaciones a soltar las pantallas y propiciáramos espacios para que los niños se embarquen en un proyecto nuevo con ayuda de los abuelos, tíos, hermanos en lugar de buscar todo en YouTube, Instagram, etc.?
  • ¿Qué tal si aprovecháramos los conocimientos de la comunidad escolar para fortalecer nuestros programas?
  • ¿Qué tal si volvemos a ser comunidad y a pensar la calidad de educación que necesitan las nuevas generaciones?
  • ¿Qué tal si el conocimiento científico saliera de los libros de texto y de los artículos académicos?
  • ¿Qué tal si el conocimiento científico se difundiera en las comunidades que realmente se beneficiarán de dicho conocimiento?

Es que todos tenemos responsabilidad de formar a las nuevas generaciones de nuestra comunidad. No es posible seguir pensando que la escuela lo hará sola y que la maestra o el maestro lo sabe todo. Finalmente, los científicos tenemos responsabilidad de compartir el conocimiento más allá de nosotros mismos. Quizá llegó la hora de romper nuestra burbuja.

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