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Aprendiendo sobre evaluación

El error en la página x: la culpa, las expectativas y el tratamiento de los errores en evaluación en el aula

Les tengo que confesar algo. El primer lote de ejemplares de mi libro recién salió de imprenta. Ya se imaginarán la emoción de abrir la caja, sentir la textura de la portada, oler las páginas… ese momento en el que ves materializados tantos meses de desvelo, lecturas y revisiones minuciosas.

Pero la dicha me duró poco. Apenas lo tuve en las manos y empecé a hojearlo, ocurrió lo inevitable: encontré un error.

Lo vi antes de que ningún lector me lo señalara, pero demasiado tarde para frenar la impresión. Ahí estaba: impreso, encuadernado e indeleble en la página x. Y no les miento, desde ese minuto no he hecho más que torturarme. ¿Qué pensarán de mí mis lectores, mis colegas, mis seguidores?

En el ámbito académico, solemos cargar con el peso del título académico que nos condena a erradicar por completo el error. Como si acumular credenciales debería convertirnos en instrumentos de calibración perfecta, inmunes a la distracción, al agotamiento o a un simple parpadeo. Y ahora… siento culpa y vergüenza. 

Lo irónico del asunto es que paso mis días investigando y enseñando precisamente sobre la naturaleza del error.

En la evaluación educativa y la psicometría, el error no es una tacha moral ni un sinónimo de ignorancia grave. Desde la Teoría Clásica de los Tests aprendemos una premisa fundamental: toda puntuación observada (X) se descompone en la puntuación verdadera (T) y el error de medición (E).

X= T + E

Así, los evaluadores entendemos que ninguna capacidad humana puede medirse con una confiabilidad perfecta. Del mismo modo, ninguna tarea humana prolongada —como escribir y editar un libro completo— puede sostenerse sin generar varianza no sistemática.

En medición distinguimos con mucha claridad dos fuentes de variación:

  • El error sistemático (sesgo) ocurre cuando el instrumento mide mal de manera consistente y estructural. En el caso de un libro, equivaldría a sostener una tesis metodológicamente insostenible, inventar datos o partir de un marco teórico falso.
  • El error aleatorio (ruido) es la fluctuación impredecible, el lapsus puntual que escapa al control a pesar de haber seguido todas las pautas de revisión.

Si el libro es la evidencia de mi capacidad para publicar, con humildad les digo, soy una autora en progreso. El desliz en mi página x es puro ruido aleatorio. Es lo que en psicología cognitiva se conoce como un slip (un descuido de ejecución atencional), no como un error sistemático (una falla en el modelo conceptual de fondo).

Sin embargo, a nivel emocional, la mente reacciona con la memoria de la escuela tradicional. Crecimos en un sistema donde evaluar equivalía casi exclusivamente a calificar y penalizar: el error restaba puntos, se marcaba con lapicero rojo y se vivía como un fracaso personal. Nos cuesta muchísimo desaprender esa equivalencia arcaica que confunde la presencia de un descuido con la falta de capacidad.

¿Qué hacemos los educadores ante el error de los estudiantes? Hay varias opciones:

  1. Clasificar. Este es el verbo que menos reconocemos cuando usamos errores para evaluar, pero que usamos con mayor frecuencia. Este es el acto de decidir qué errores representan una idea errónea y cuáles son un desliz o un descuido por factores que a veces no podemos controlar. Corregir ideas erróneas es quizá la tarea más difícil, porque requiere conocimiento y discernimiento para distinguir lo correcto de lo incorrecto. Los errores aleatorios por cansancio y descuido podemos superarlos con práctica y concentración.
  2. Penalizar. Me atrevo a decir que esta es quizá la práctica más común ante los errores que cometen nuestros estudiantes de todo tipo. Los errores en sus hojas de trabajo, exámenes y presentaciones se penalizan con puntos. La expectativa de los educadores es que los estudiantes no cometan errores. Y cuando los hay, se les percibe como falta de esfuerzo o de atención. Aunque a veces sea así, lo más probable es que los errores reflejen el proceso de aprender algo o de dominarlo. Por tanto, más que penalizarlos, deberíamos ofrecer retroalimentación.
  3. Retroalimentar. Según varios autores que leí para escribir mi libro, este es el verbo más poderoso para lidiar con el error. Cuando un aprendiz encuentra su error a través de la mirada de un experto y recibe retroalimentación para superarlo, se abraza el aprendizaje y se logra que el estudiante crezca. Mejor aún, cuando un experto enseña al estudiante a identificar sus propios errores y corregirlos, estamos logrando que el estudiante aprenda por sí mismo.
  4. Certificar dominio. Cuando contamos los errores que los estudiantes cometen al aprender algo, podemos usarlos para certificar el nivel de dominio de una competencia. Así, mientras menos errores cometen, más dominio tienen de una competencia, de la cual se reconoce que nunca será perfecta. 

Si aplicara a mi propio trabajo los principios de evaluación formativa, donde abrazamos el aprendizaje en lugar de castigar el error, mi diálogo interno sería muy distinto, porque entendería que este error es simplemente una marca visible de que este libro fue hecho por una persona de carne y hueso operando con límites reales de tiempo y energía y que no tiene que tomarse tan en serio. Me recordaría que soy, antes que cualquier título, una aprendiz de escritora. Sin embargo, siento la obligación de ofrecer disculpas a mis lectores por el desliz que tuve en la página x. Prometo seguir practicando y aprendiendo sobre publicación para minimizar el tipo de errores.

El error ya está en tinta y papel y sé que muchos de ustedes se toparán con él al leerlo. Podría desgastarme buscando excusas o tratando de ocultarlo, pero prefiero asumir la lección: ser competente no significa operar con varianza cero ni pretender una perfección estéril, sino tener la solidez técnica para sostener una propuesta valiosa y la honestidad para convivir con los propios deslices.

Gracias queridos lectores, por acompañarme en este aprendizaje y elegir mi libro Más allá de la nota como su próxima lectura.