Categories
Reflexiones sobre evaluación

Fábrica de diplomas: El peligro de evaluar para cumplir

Como saben, soy psicometrista (me dedico a medir el aprendizaje y diseñar exámenes). Por mi trabajo, utilizo R, un programa de análisis de datos que usan casi todos los estadísticos del mundo. Llevo unos quince años usándolo de forma autodidacta, pero nunca había buscado un cartón o certificación oficial que lo respaldara.

El año pasado, cuando cerró la agencia de cooperación internacional -USAID-, me tocó buscar empleo y me di cuenta de que los títulos sí pesan en el currículum. Así que me inscribí en un curso básico de estadística con R. Volver a ser estudiante fue interesante. Confieso que las clases no me costaron, pues ya dominaba el programa, pero me sirvió para actualizarme en áreas nuevas que yo no uso en mi día a día, como los negocios y los riesgos en las empresas.

La semana pasada fui a la entrega de diplomas. Hubo ceremonia, comida y fotos. Mientras sostenía mi diploma, sentí una mezcla extraña de emociones. Por un lado, no sentía ese orgullo enorme que da lograr algo que costó sudor y lágrimas; para mí, el curso requirió tiempo, pero no un gran esfuerzo mental. Por el otro lado, sentía la satisfacción de ver validado formalmente algo que sé hacer desde hace años. Esta contradicción me dejó pensando en un problema eterno de la educación: la enorme distancia que hay entre aprender de verdad y obtener un diploma.

En teoría, las escuelas y universidades están para garantizar que los estudiantes aprendan lo que les prometieron y luego darles un título que lo compruebe. Pero la realidad es otra: el sistema falla en todos los niveles educativos. Tenemos alumnos que acumulan diplomas sin saber lo básico, y personas expertas que no tienen un papel que lo demuestre.

Para mí, esto pasa porque la evaluación en las aulas suele enfocarse en el cumplimiento (entregar por entregar) y no en la competencia (saber hacer). Los profesores nos engañamos pensando que si un alumno entrega la tarea a tiempo, ya aprendió. Diseñamos evaluaciones tan sencillas que nunca descubrimos si el estudiante puede aplicar el conocimiento en la vida real. Nos dejamos deslumbrar por los requisitos formales y olvidamos la evidencia real de que hubo aprendizaje.

La evaluación debería ser una balanza justa, pero los docentes solemos caer en cuatro trampas comunes que distorsionan la capacidad de visibilizar el aprendizaje:

1. La trampa del envoltorio (El formato sobre el fondo)

Ocurre cuando los profesores nos dejamos deslumbrar por cómo se ve un trabajo en lugar de lo que contiene. Calificamos la puntualidad, los márgenes, el uso de colores o lo bonita que quedó una infografía o maqueta. El alumno (o su mamá) puede pasar diez horas pegando, recortando o eligiendo plantillas atractivas en la computadora, y solo cinco minutos copiando información de internet sin entenderla. Al final, un estudiante con ideas brillantes pero con mala letra o presentación descuidada sale reprobado, mientras que otro que entrega un trabajo vacío, pero impecable y a tiempo, saca la nota máxima. Calificamos el empaque, no el producto.

2. La ilusión de fluidez: La trampa de la memoria a corto plazo

Pasa cuando los exámenes solo piden repetir de memoria una definición del libro o resolver un problema matemático idéntico al que se hizo en clase, cambiándole solo los números. Aquí el alumno solo demuestra que sabe seguir una receta de cocina o que tiene buena memoria para el examen del viernes… aunque el lunes ya se le haya olvidado todo. Confundimos memorizar por unos días con aprender para siempre.

3. La trampa del aplauso al mejor actor y el papel del “alumno modelo”

Esta distorsión se da cuando calificamos cómo se porta el estudiante en vez de lo que sabe. Caemos en ella cuando le damos puntos extra al alumno por tener el cuaderno al día, subrayar los títulos con rojo o quedarse sentado en silencio. Portarse bien ayuda a la convivencia, pero no es prueba de haber aprendido.

Además, aquí entra el “efecto de la buena reputación”: si el alumno “estrella” comete un error grave en un ensayo, el profesor suele perdonarlo pensando “se equivocó por distraído, pero él sí sabe”. En cambio, si el alumno “problemático” entrega un buen trabajo, lo juzgamos con el doble de severidad buscando el mínimo error. Terminamos calificando si el alumno nos cae bien o mal, no su trabajo.

4. La trampa de pedalear en la bicicleta estacionaria

Es la falsa creencia de que una evaluación es mejor cuantas más tareas, cuestionarios y ejercicios acumulemos. El estudiante vive estresado entregando minitareas sencillas que solo sirven para sumar puntos. La trampa empeora cuando damos “puntos extra” por cosas que no tienen nada que ver con la materia, como donar un libro para la biblioteca o limpiar el salón. Al final, la suma de todas estas pequeñas tareas le da al alumno una nota perfecta, pero nunca se le puso un reto real donde demostrara que sabe usar el conocimiento de forma completa. El diploma resultante miente: dice que la persona es experta, pero en la vida real no sabe qué hacer.

Obtener un diploma es una buena decisión; en países como el nuestro, es un requisito necesario para buscar empleo. Sin embargo, el sistema educativo ha caído en una trampa peligrosa: cada año se gradúan miles de jóvenes del nivel medio y de las universidades con un título bajo el brazo, pero con muy pocas habilidades reales para obtener los empleos que demanda el mundo laboral actual. Para las poblaciones más vulnerables, esta ilusión del cartón es una promesa rota. Un diploma puede abrir la puerta a una entrevista de trabajo, pero solo el saber hacer las cosas permite mantener el puesto. En el mundo real, las oportunidades reales y las recomendaciones se quedan con la persona que sabe ejecutar el trabajo, no con la que llega llena de títulos pero falla a la hora de la verdad. Las instituciones educativas deben entender que el objetivo principal no es entregar cartones en masa, sino asegurar un aprendizaje real. 

Leave a Reply

Your email address will not be published.