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Aprendiendo sobre evaluación

Más allá de la nota

Llevo muchos años analizando datos, desglosando varianzas y midiendo con fría precisión métrica los resultados de nuestro sistema educativo. He visto pasar reportes nacionales e internacionales, tablas de descriptores y estadísticas de graduandos donde, de forma casi inamovible, año con año nos encontramos con la misma realidad: el sistema no mejora. Detrás de los promedios escolares que adornan las boletas de calificaciones, las estadísticas de calidad nacional nos devuelven una fotografía dramática.

De acuerdo con los últimos reportes de la Dirección General de Evaluación e Investigación Educativa del Ministerio de Educación de Guatemala (Digeduca), al finalizar la secundaria, apenas el 12.9% de los estudiantes graduandos en Guatemala alcanza el estándar nacional en Matemáticas y apenas un 35.5% lo logra en Lectura. Es decir, casi dos de cada tres jóvenes terminan su trayectoria escolar obligatoria sin las competencias mínimas para comprender a fondo lo que leen. Si la métrica nacional es preocupante, el espejo internacional que nos tiende la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) a través de las pruebas PISA resulta desgarrador: solo el 12% de los jóvenes guatemaltecos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia en Matemáticas, enfrentados a una media de la OCDE que ronda el 69%. En Ciencias, apenas el 27% logra llegar al nivel básico. Estas no son simples cifras en un archivo institucional; son indicadores puros de que nuestros jóvenes están siendo lanzados al campo laboral o de la educación superior con competencias por debajo del umbral mínimo a pesar de que aprueban todos los cursos en sus respectivas instituciones educativas.

La tentación administrativa siempre ha sido culpar al entorno, a la falta de cobertura, a una supuesta falta de aptitud innata o a la escasez de recursos del estudiante. Sin embargo, tras quince años de sumergirme en los datos y contrastar los modelos teóricos con las interacciones vivas en las aulas, mi hipótesis profesional ha dado un giro definitivo. La verdadera causa detrás del retraso educativo, la repitencia masiva y la consecuente deserción no radica únicamente en lo que pasa fuera de la escuela, sino en cómo operamos dentro de ella; específicamente en nuestras malas prácticas de evaluación y calificación.

Durante generaciones, los programas de formación docente se han saturado de didácticas generales y metodologías para «dar clases». Hemos asumido, con una ingenuidad peligrosa, que el simple hecho de enseñar causa que el estudiante aprenda. Al mismo tiempo, hemos dejado la evaluación y la calificación en un rincón oscuro, tratándolas como un trámite administrativo de cierre, un conteo punitivo de puntos o, en el peor de los casos, como un arma de clasificación social heredada de la Revolución Industrial. El resultado es una «sopa de calificaciones» donde mezclamos caóticamente el logro académico con el comportamiento, y una falacia de la precisión basada en promedios simples que arrastran un cero inicial y lo convierten en una sentencia irreversible.

Escribo este libro desde un punto de inflexión que atraviesa profundamente mi vida profesional y personal. Antes de ser investigadora y psicometrista, soy madre de tres hijos. He visto en primera persona a mis propios hijos batallar contra las injusticias de los esquemas tradicionales de calificación. Esta vivencia en casa transformó mi propia práctica como profesora universitaria, ya que me impulsó a investigar y construir un aula cimentada en la evaluación inclusiva. Al mismo tiempo, mi trabajo como investigadora me ha enseñado a mirar la realidad educativa desde la más profunda humildad: desde la dolorosa certeza de que las brechas de contexto social, sumadas a la falta de formación docente en tareas técnicas específicas como la evaluación, terminan excluyendo y expulsando a miles de niñas, niños y jóvenes de nuestras escuelas. Ha sido también un proceso de aceptación y convicción ética: comprender que la investigación, la medición y la evaluación educativas no existen para señalar culpables ni levantar dedos acusadores, sino para servir a la humanidad que nos lee, ofreciendo herramientas para hacer las cosas de manera diferente y ayudarnos a ser más sabios, justos e inteligentes como sociedad.

Quiero dejar algo completamente claro: en este texto no estoy desmereciendo el valor técnico de las pruebas ni de los exámenes. Al contrario, no solo he dedicado mi vida profesional a diseñarlos, analizarlos y defender su rigor cuando están bien calibrados; estoy convencida de que el problema no reside en evaluar ni examinar, sino en los sistemas de calificación y en el uso punitivo que hacemos de las notas. Son esas estructuras tradicionales y rígidas las que no permiten que los estudiantes aprendan de sus errores, avancen en sus trayectorias educativas, crezcan y alcancen mejores oportunidades.

Tener calificaciones perfectas en la escuela no necesariamente forma a los mejores profesionales ni a los mejores ciudadanos. Quienes obtienen expedientes educativos impecables a menudo solo están intentando desesperadamente «hacerlo bien» para complacer las expectativas del sistema; sin embargo, en el mundo real, quienes verdaderamente llegan lejos son aquellos que se equivocan, asumen la vulnerabilidad y se sobreponen de forma creativa y resiliente. Debemos tener un profundo cuidado con los sistemas de evaluación que premian la ilusión de una perfección estéril y castigan el proceso vivo de aprender.

Como investigadora y como madre, me niego a aceptar que las calificaciones sigan operando como uno de los principales filtros de exclusión escolar. Este libro propone una ruta paso a paso para lograr una evaluación verdaderamente inclusiva en el aula y las escuelas; una forma de evaluar diseñada para que dejemos de expulsar a los estudiantes del sistema escolar. Es inadmisible que un error en el camino interrumpa la educación de alguien, porque estudiar no es un premio para los que nunca se equivocan, sino un derecho humano de todos.

Esta ruta comienza al elegir la meta de aprendizaje. Esa elección ya es, en sí misma, un acto de inclusión. A veces, bajo una falsa benevolencia, somos complacientes y diseñamos metas bajas para los estudiantes que viven en contextos de pobreza o desnutrición, mientras reservamos las metas altas y los desafíos cognitivos complejos para los entornos con más recursos. Romper esta brecha exige convencernos de que todos podemos aprender, porque nuestros cerebros fueron diseñados exactamente para eso. Neurocientíficos como Stanislas Dehaene (2020) han demostrado científicamente esta increíble plasticidad y capacidad del cerebro humano, incluso en niños con condiciones neurodivergentes.

Los estudiantes que enfrentan barreras para aprender —ya sea por una diferencia neurológica o por habitar situaciones de alta vulnerabilidad social— necesitarán, sin duda, trayectorias distintas, andamiajes diferenciados y tiempos flexibles. Pero cuando una escuela cree de verdad en el potencial de cada alumno y le ofrece el camino correcto, abrirse paso hacia el éxito es completamente posible. El cerebro aprende prestando atención, involucrándose activamente, consolidando la información y, fundamentalmente, recibiendo retroalimentación a partir del error.

Por ello, en este libro también defiendo el uso de evidencias e instrumentos que obliguen a evaluar el desempeño real del estudiante dentro del aula. De esta manera, evitamos caer en la trampa histórica de calificar variables ajenas al aprendizaje, como la obediencia, el silencio, el estatus socioeconómico o el simple cumplimiento formal de portar un uniforme o un cuaderno al día. Al aislar estas conductas y enfocarnos en la ejecución auténtica, la calificación final se vuelve mucho más válida y confiable. Esto también es un profundo acto de equidad: garantizamos que cada estudiante reciba una nota que represente fielmente lo que de verdad sabe y puede hacer, independientemente de su punto de partida.

Quienes usamos aplicaciones de navegación (Waze o Google Maps) en nuestro celular conocemos muy bien esa voz que nos dice «recalculando ruta» cuando damos una vuelta equivocada. La aplicación no se apaga, no nos juzga ni nos prohíbe llegar a nuestro destino; simplemente mapea un nuevo camino. Las notas que se producen en el aula deberían funcionar exactamente igual: como un GPS inclusivo que guíe, redireccione y proteja la trayectoria de cada estudiante.

Intervenir los verbos de la educación —aprender, enseñar y evaluar—, sobre todo en evaluar, es la gran asignatura pendiente de nuestra región y que intento empezar a discutir en este libro. Si logramos transformar la evaluación y las calificaciones, no solo haremos visible el aprendizaje auténtico, sino que abriremos las puertas para que la escuela sea, finalmente, un espacio seguro y un derecho garantizado donde todos los niños y las niñas tengan la oportunidad real de alcanzar su máximo potencial.

Los invito a leer este libro con la siguiente actitud: «Para que algo sea bueno, verdaderamente bueno, debe haber amor en ello», Theo of Golden.

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Aprendiendo sobre evaluación

Las tareas escolares

Las tareas escolares ocupan gran parte de las tardes de los niños y jóvenes y, por qué negarlo, también de las familias. Todas las que somos mamás tenemos alguna anécdota sobre las penas que pasamos para que nuestros hijos las cumplan. Sin embargo, las tareas no existen para complicarnos la vida; tienen un propósito educativo fundamental. Ante esto, cabe preguntarse cuál es realmente el propósito de las tareas que asignamos.

Suele creerse que las tareas escolares sirven para practicar lo aprendido en clase y que los niños realizan actividades para desarrollar o afianzar una habilidad. No obstante, cuando los docentes preparamos una hoja de trabajo, una tarea para la casa o un examen, es fácil caer en la trampa de crear asignaciones que, aunque mantienen a los niños practicando y ocupados, estancan su aprendizaje y crecimiento. 

Estudios recientes, como el de Joyce et al. (2018), han encontrado que las tareas escolares suelen permanecer en niveles muy bajos de demanda cognitiva, especialmente en matemáticas, aunque también ocurre en otras áreas del conocimiento. Hace algunos años, mientras visitaba una escuela, observé un aula de primaria de primer grado. Al llegar, los niños estaban haciendo «la plana», una tarea muy común en la que deben copiar exactamente las letras, palabras o números que el docente escribe en la primera línea. 

Tras una hora de observación, los niños habían completado al menos tres planas en una rutina continua: la maestra revisaba la plana terminada y asignaba una nueva. Al finalizar el período, la indicación fue realizar dos planas más en casa. Ese mismo día me correspondía evaluar en esos niños el conocimiento de las letras, la lectura de palabras y la fluidez lectora. El resultado no me sorprendió: los estudiantes de aquel grado aún no leían ni reconocían siquiera los nombres de las letras que habían copiado en sus planas durante toda la mañana.

Este tipo de tarea sigue siendo común. Mis hijos reciben, al menos una vez por semana, la instrucción de copiar, de la computadora al cuaderno, vocabulario en el segundo idioma que aprenden, pero no reciben ninguna instrucción sobre estrategias para aprenderlo. Unos días después, se evalúa el vocabulario que copiaron de memoria.

Según Joyce et al. (2018), para que los estudiantes realmente aprendan y crezcan con las hojas de trabajo o tareas que les asignamos, necesitamos elaborarlas con un ingrediente distinto: el de los niveles cognitivos de pensamiento. Para ello, me parece importante mostrar los distintos niveles de pensamiento que pueden alcanzarse en una asignación. Empezaré por el nivel más bajo y seguiré hasta el más alto.

Nivel 1: La sobreasignación de lo mecánico y la ilusión del aprendizaje

En este nivel, se encuentran tareas de completar espacios en blanco, de opción múltiple o de copiar fórmulas para resolver ejercicios idénticos a los del ejemplo del pizarrón. La activación cerebral es predominantemente pasiva. Aunque este nivel funciona para afianzar prerrequisitos, no genera un aprendizaje duradero por sí solo. Es más, este nivel puede llegar a crear una falsa ilusión de aprendizaje. Con esto no desvaloro su importancia; más bien, enfatizo que representan el nivel de prerrequisitos o la verificación de procedimientos. Debe evaluarse de forma binaria (logrado/no logrado), sin saturar al estudiante con puntos por el mero cumplimiento y sin crear la expectativa de que automatizar el procedimiento representa un nivel cognitivo alto, dado que hay muchas más cosas que pueden hacerse con este conocimiento. 

Nivel 2: Intentar resolver problemas utilizando procedimientos e información

En este tipo de tareas, se le pide al estudiante que organice la información, muestre el procedimiento paso a paso o resuelva problemas guiados. Dicho de otra forma, en el nivel anterior el estudiante demostrará que puede realizar operaciones básicas de aritmética, por lo que en este nivel se le pedirá que utilice la operación correcta para resolver un problema. Con este tipo de tareas, el estudiante empieza a construir hipótesis de solución, pero aún depende del andamiaje docente. Por lo tanto, en este nivel, colocar la nota tradicional por cada respuesta correcta castigará el procesamiento consciente que el estudiante realiza en su cerebro. Lo que el cerebro necesita en este punto es retroalimentación sobre el error para corregir el rumbo antes de calificar.

Nivel 3: Recuperar la memoria 

En este tipo de tareas y asignaciones se exige al estudiante que explique el porqué de sus respuestas, analice ideas, construya argumentos y justifique sus conclusiones con evidencia. Se desencadena la verdadera práctica de recuperación porque el estudiante debe recuperar de su memoria los conocimientos para poder explicar algo, en lugar de limitarse a leerlos en las notas de clase o en la IA. Forzar al cerebro a reconstruir el conocimiento a partir de la memoria activa consolida las redes neuronales a largo plazo. Este es el umbral real de dominio de una meta de aprendizaje. Un estudiante solo demuestra dominio cuando puede argumentar y analizar, no cuando simplemente memoriza.

Nivel 4: Transferencia al mundo real

En este nivel, se asignan proyectos en los que los estudiantes asuman roles reales, resuelvan problemas del entorno y comuniquen sus hallazgos a audiencias auténticas, más allá del profesor o del aula. Se logra la consolidación autónoma y la transferencia a situaciones del mundo real. El conocimiento deja de estar atado al contexto del examen y se convierte en una herramienta mental reutilizable. Este es el tipo de tareas a las que queremos llegar para que los aprendizajes no solo sean duraderos, sino también relevantes. Para evaluarlos, se requieren especificaciones avanzadas de un proyecto de nivel superior, en el que el estudiante demuestre plena autonomía para resolver una problemática de la vida real.

Avanzar de un nivel a otro en esta progresión no ocurre de forma automática ni por inercia. Ningún estudiante pasa mágicamente de responder un ejercicio mecánico de nivel 1 a justificar o transferir su conocimiento en un nivel 3 o 4 por el simple hecho de que se lo pidamos en una guía.

Es precisamente en esta transición donde radica el valor insustituible del docente. El profesor debe actuar como un mediador activo que acompaña al estudiante en cada paso del camino. Este acompañamiento cobra sentido a través de la retroalimentación continua: una señal clara que no juzga ni condena el error, sino que orienta al estudiante sobre qué ajustar, cómo profundizar en su razonamiento y cómo subir al siguiente escalón cognitivo. Revisar las tareas y hojas de trabajo según esta progresión no significa eliminar los ejercicios de nivel 1 o 2, sino entender que son solo el escalón inicial, no el destino final. Así que, la próxima vez que diseñes una tarea o una hoja de trabajo, pregúntate: ¿En qué nivel de pensamiento se van a quedar mis estudiantes hoy y cómo los voy a acompañar para que den el siguiente paso?

Referencias

Joyce, J., Gitomer, D. H., & Iaconangelo, C. J. (2018). Classroom assignments as measures of teaching quality. Learning and Instruction, 54, 48–61. https://doi.org/10.1016/j.learninstruc.2017.08.001