Cuando comencé a salir con mi esposo, hace ya casi dos décadas, lo veía jugar fútbol y me encantaba. Lo que no sospechaba era que pasaría el resto de mi vida en un campo de fútbol. Desde muy pequeños, mis hijos heredaron esa misma pasión y yo me convertí, naturalmente, en una “Soccer Mom”.
Ser una soccer mom implica funciones evidentes: logística de traslados, hidratación, bloqueador solar, gestión de lesiones, dietas rigurosas y, por supuesto, porras (y algún que otro desacuerdo con el árbitro). Son tareas que asumimos naturalmente por el rol de madres. Sin embargo, poco se habla de la recompensa mayor: ver crecer a tus jugadores favoritos en el mundo, rodeada de otras mujeres que comparten tu misma misión.
El equipo: mucho más que un club deportivo
En un mundo donde los jóvenes buscan desesperadamente pertenecer a grupos que a veces nos cuesta comprender, el equipo de fútbol es un refugio con ventajas invaluables:
- Salud integral: física, emocional y mental.
- Habilidades blandas: trabajo en equipo, autoeficacia y autoestima, entre otras.
Pero el núcleo de esta reflexión es el rol que desempeñamos nosotras en esa formación que el entrenador, por su naturaleza técnica, no siempre puede observar, sobre todo en las madres. Los padres (mamá y papá) somos quienes enseñamos a:
- Abrazar la desigualdad y la diversidad dentro del equipo.
- Creer no solo en el talento propio, sino en el de cada compañero.
- Planificar con disciplina.
- Valorar el deporte con la misma seriedad que la formación académica.
- Defender los valores familiares en la cancha.
El legado del Equipo Malú
Hace diez años, mi hijo mayor se unió al que considero “el mejor equipo del mundo”. No por sus trofeos, que fueron muchísimos, sino porque le dio la oportunidad de elegir a su familia, a él y a sus hermanos. Como dice el Papa Francisco: “La familia es el primer hogar, el primer hospital y el primer refugio”.
La líder de nuestro grupo siempre nos invitó a ser parte de su familia, obligándonos a entender que nuestro esfuerzo trascendía el fútbol. Elegimos el amor al equipo como nuestra táctica principal. Gracias a esto, hoy no soy una soccer mom por azar o inercia; lo soy por convicción.
Durante una década, este equipo formó una familia de manera intencional, lo que nos hizo extremadamente poderosos. Hoy nuestro equipo alcanzó su última meta antes de que cada chico parta a su nuevo lugar. En diez años, sólo perdió una final y lo hizo en un momento de dificultad que se superó con amor. Mis hijos hoy son jugadores talentosos, pero su mayor virtud es entender que su talento está al servicio del equipo para el que juegan.
Una decisión de vida
Este aprendizaje ha transformado mi rol. Yo también soy parte de un equipo; mi rutina y mis esfuerzos están al servicio del grupo y no solo de mi hijo. Ser soccer mom es mi identidad; una decisión, no una obligación.
Escribo esta entrada por tres razones:
- Honrar a Malú, especialmente a la líder de las soccer moms, quien, con paciencia, me enseñó durante diez años a ser mejor mamá.
- Agradecer a las madres que me acompañan en esta misión diaria.
- Visibilizar nuestra labor ante los entrenadores del mundo: somos las aliadas estratégicas, junto a los padres de nuestros hijos, en la formación de los seres humanos que están detrás de los jugadores.
Gracias por tanto, Equipo Malú.
